LA VOZ DE GOICOECHEA (Por Redacción).- Esta hermosa promesa nos revela un principio fundamental del corazón de Dios: el camino hacia la verdadera grandeza pasa por la humildad. A menudo, el mundo nos enseña lo contrario: para destacar, hay que imponerse, buscar el propio brillo y competir por el primer lugar. Pero Dios nos muestra un camino distinto.
“Humíllense delante del Señor” no significa rebajarse, sentirse sin valor ni dejarse pisotear por otros. Significa reconocer con el corazón que Dios es el Señor, que su sabiduría es mayor que la nuestra, que su voluntad es mejor que la nuestra, y que dependemos totalmente de su amor y su gracia. Es quitarse de encima el orgullo, dejar de querer ser los dueños de nuestra vida y decirle con sinceridad: “Señor, tú guías, yo te sigo”.
LA VOZ DE GOICOECHEA (Por Redacción).- Con estas palabras, el apóstol Pablo cierra su carta a los filipenses con una bendición llena de calidez y amor. Después de compartir consejos, ánimos y enseñanzas, deja como último deseo que la gracia de Cristo acompañe y guarde el espíritu de cada creyente.
La gracia es el regalo inmerecido de Dios: su favor, su amor y su fuerza que no se gana por méritos propios, sino que se recibe con confianza. Pablo no pide solo bendiciones externas, sino que esa gracia llegue hasta lo más profundo: nuestro espíritu, donde reside nuestra identidad, nuestra paz y nuestra comunión con Dios.
LA VOZ DE GOICOECHEA (Por Redacción).- El apóstol Pablo escribe a los creyentes de Éfeso y, tras exponer las bendiciones espirituales que Dios nos ha dado en Cristo, eleva una oración profunda por ellos. No pide riquezas, poder ni bienes materiales; su mayor deseo es que conozcan a Dios de verdad.
Significado profundo
A quién se dirige la oración
Pablo llama a Dios «el Padre glorioso». Nos recuerda que nos acercamos no a una fuerza anónima, sino al Padre de Jesucristo, lleno de gloria, majestad y amor. Es ese mismo Dios quien desea darnos lo mejor: conocerse a Sí mismo.
LA VOZ DE GOICOECHEA (Por Reacción).- En aquel tiempo, al salir Jesús de la sinagoga, entró en la casa de Simón.
La suegra de Simón estaba con fiebre muy alta y le rogaron por ella.
El, inclinándose sobre ella, increpó a la fiebre, y se le pasó; ella, levantándose enseguida, se puso a servirles.
Al ponerse el sol, todos cuantos tenían enfermos con diversas dolencias se los llevaban, y él, imponiendo las manos sobre cada uno, los iba curando.
De muchos de ellos salían también demonios, que gritaban y decían:
