Benny Moré: De Santa Isabel de las Lajas al mundo

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LA VOZ DE GOICOECHEA (Por Gerardo A. Pérez Obando (Gapo), columnista).- Mucho antes de que los escenarios lo proclamaran “El Bárbaro del Ritmo”, antes de que las multitudes lo siguieran de país en país, y antes de que su nombre quedara grabado para siempre en la historia de la música latinoamericana, Bartolomé Maximiliano Moré Gutiérrez era simplemente un niño nacido en un pequeño poblado del centro de Cuba.

Santa Isabel de las Lajas, en la entonces provincia de Las Villas, no figuraba en los mapas musicales del continente. Era una comunidad agrícola rodeada de cañaverales, donde el canto acompañaba las jornadas de trabajo y donde la música se transmitía de generación en generación como parte natural de la vida cotidiana.

Allí nació Benny Moré el 24 de agosto de 1919. Su familia era humilde y numerosa. Como muchos niños cubanos de la época, conoció desde temprano las exigencias del trabajo y las limitaciones económicas, sin embargo, también creció rodeado de una riqueza que ninguna crisis podía arrebatar: la tradición musical popular cubana.

Los sones, las guarachas, las décimas campesinas y los cantos afrocubanos formaban parte del paisaje sonoro de la región. Aquella mezcla cultural marcaría profundamente su sensibilidad artística. Benny escuchaba, observaba y aprendía. No había conservatorios ni maestros famosos. Su escuela fue el pueblo.

Desde muy joven mostró una extraordinaria capacidad para reproducir melodías y una voz que destacaba por su naturalidad. No imitaba a otros cantantes. Cantaba como hablaba la gente de su tierra, con una musicalidad espontánea que parecía surgir de manera inevitable.

La vida rural cubana de las primeras décadas del siglo XX estaba llena de dificultades, pero también de encuentros musicales. En fiestas familiares, celebraciones populares y reuniones improvisadas, los músicos aficionados compartían canciones que llegaban a todos los rincones del país. Fue en ese ambiente donde Benny comenzó a desarrollar una intuición artística poco común.

No tardó en descubrir que el mundo era mucho más grande que Santa Isabel de las Lajas. La radio empezaba a llevar nuevas voces a los hogares cubanos. Desde La Habana llegaban noticias de orquestas, teatros y emisoras que ofrecían oportunidades a quienes poseían talento y perseverancia y como tantos jóvenes de su generación, sintió la llamada de la capital.

La Habana vivía entonces una auténtica efervescencia cultural. Los cabarés brillaban cada noche, las emisoras transmitían música en vivo y las orquestas competían por conquistar al público. La ciudad se había convertido en el corazón artístico del Caribe.

Para Benny, aquel universo representaba una promesa y un desafío. No poseía formación académica ni influencias poderosas. Lo acompañaban únicamente su voz, su carisma natural y una determinación que crecería con los años.

Los primeros pasos estuvieron lejos de la gloria. Hubo dificultades, rechazos y largas jornadas buscando oportunidades, pero cada experiencia fortalecía a quien con el tiempo sería reconocido como uno de los intérpretes más completos de la música popular cubana.

Lo extraordinario de Benny Moré no fue únicamente su capacidad vocal. Fue su habilidad para absorber la esencia de múltiples géneros y devolverlos transformados por una personalidad artística absolutamente única. Podía cantar un bolero con delicadeza, afrontar un son con autenticidad o interpretar una guaracha con una energía contagiosa.

Aún faltaban varios años para que el destino lo cruzara con figuras fundamentales de la música cubana y mexicana. Aún no había llegado el encuentro decisivo con Dámaso Pérez Prado, ni las grabaciones que lo convertirían en una estrella internacional, pero el camino ya había comenzado.

En algún lugar entre los cañaverales de Santa Isabel de las Lajas y las luces de La Habana estaba naciendo una de las voces más extraordinarias que ha dado América Latina.

Y aquella voz, con el tiempo, terminaría conquistando al mundo.

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