LA VOZ DE GOICOECHEA (Por Redacción).- El apóstol Pablo escribe a los creyentes de Éfeso y, tras exponer las bendiciones espirituales que Dios nos ha dado en Cristo, eleva una oración profunda por ellos. No pide riquezas, poder ni bienes materiales; su mayor deseo es que conozcan a Dios de verdad.
Significado profundo
A quién se dirige la oración
Pablo llama a Dios «el Padre glorioso». Nos recuerda que nos acercamos no a una fuerza anónima, sino al Padre de Jesucristo, lleno de gloria, majestad y amor. Es ese mismo Dios quien desea darnos lo mejor: conocerse a Sí mismo.
LA VOZ DE GOICOECHEA (Por Reacción).- En aquel tiempo, al salir Jesús de la sinagoga, entró en la casa de Simón.
La suegra de Simón estaba con fiebre muy alta y le rogaron por ella.
El, inclinándose sobre ella, increpó a la fiebre, y se le pasó; ella, levantándose enseguida, se puso a servirles.
Al ponerse el sol, todos cuantos tenían enfermos con diversas dolencias se los llevaban, y él, imponiendo las manos sobre cada uno, los iba curando.
De muchos de ellos salían también demonios, que gritaban y decían:

LA VOZ DE GOICOECHEA (Por Redacción).- Este versículo nos recuerda una verdad consoladora y poderosa: Dios escucha el clamor que nace de la aflicción, y su respuesta trae alivio y liberación.
Cuando nos sentimos rodeados de dificultades, angustia o presión, nuestra primera reacción suele ser la inquietud o la desesperación. El salmista nos enseña el camino correcto: clamar al Señor con confianza. No se trata de una queja sin esperanza, sino de una súplica que confía en que Él está cerca, conoce nuestra situación y actúa a nuestro favor.
LA VOZ DE GOICOECHEA (Por Redacción).- Jesús pronunció estas palabras para advertir a sus discípulos sobre la hipocresía y recordarles que todo lo que ocultamos termina saliendo a la luz. No hay secreto que permanezca para siempre: lo que se dice en la sombra se escuchará a plena luz; lo que se guarda en lo íntimo se dará a conocer públicamente.
Este versículo nos invita a vivir con integridad y transparencia:
Delante de Dios nada se oculta: Él conoce lo más profundo de nuestro corazón, nuestras intenciones, pensamientos y acciones, aunque nadie más las vea. No sirve fingir lo que no somos.