
LA VOZ DE GOICOECHEA (Por Consejo Editorial).- El poder, cuando no encuentra límites, tiende a deformarse. Puede volverse autorreferencial, complaciente y, en el peor de los casos, adicto a sí mismo. Y como ocurre con cualquier adicción, no se corrige con halagos ni con silencios cómodos, sino con un proceso constante de confrontación y control.
En política, ese proceso tiene un nombre claro: ciudadanía activa
Desde la psicología se sabe que ninguna conducta dañina se supera sin conciencia, sin límites y sin un entorno que deje de normalizarla. En la vida pública ocurre exactamente lo mismo. El poder que no es observado, cuestionado ni fiscalizado termina justificando lo injustificable. Se acostumbra a no rendir cuentas. Y cuando eso sucede, la democracia empieza a enfermar.
Hay frases que incomodan porque revelan verdades que muchos prefieren no mirar de frente. Una de ellas dice: una adicción nunca se cura, solo se transforma.
En política, esta idea resulta inquietantemente precisa.
Cuando una sociedad no enfrenta sus vicios institucionales, estos no desaparecen. Cambian de nombre, de forma y de discurso. Lo que ayer fue corrupción abierta hoy se llama “error administrativo”. Lo que antes era autoritarismo, ahora se disfraza de “decisión técnica”. El fondo es el mismo: el poder sin control siempre encuentra la manera de justificarse.