Con Todo Respeto…Cantones Sin Autoridad

LA VOZ DE GOICOECHEA (Por Luis Carlos Araya Monge, columnista).- La calidad de vida de una comunidad no depende únicamente de grandes obras de infraestructura o de presupuestos millonarios. Muchas veces comienza por algo mucho más sencillo: hacer cumplir las normas que ya existen.
Sin embargo, en numerosos cantones del país pareciera que el orden dejó de ser una prioridad. Calles ocupadas por vehículos mal estacionados, transporte informal sin control, aceras invadidas por ventas ambulantes, contaminación sónica a cualquier hora del día y del ruido de la noche, así como un espacio público cada vez más desordenado, forman parte de una realidad que afecta diariamente a miles de ciudadanos.
Las consecuencias están a la vista. Más congestionamiento vial, mayor estrés, riesgos para peatones, dificultades para el comercio formal y un deterioro progresivo de la convivencia urbana.
Ante esta situación, con frecuencia escuchamos las mismas explicaciones: que no es competencia de la municipalidad, que faltan inspectores, que otras instituciones deben intervenir o que no existen suficientes recursos para actuar. Mientras las responsabilidades se trasladan de una institución a otra, el ciudadano continúa pagando el costo del desorden.
Lo cierto es que sí existen ejemplos que demuestran que una gestión diferente es posible.
Alajuela ha logrado consolidar una ciudad donde la planificación del espacio público, la demarcación vial, el mantenimiento de parques y bulevares y el cumplimiento de las regulaciones municipales contribuyen a una mejor experiencia para quienes viven, trabajan o visitan el cantón. No se trata de una ciudad perfecta, sino de un ejemplo de que la voluntad política y la gestión constante pueden producir cambios visibles.
La demarcación vial, por ejemplo, suele verse como un detalle menor, cuando en realidad constituye una herramienta fundamental para ordenar la movilidad. Líneas claramente visibles, pasos peatonales bien señalizados y carriles correctamente delimitados facilitan el respeto de las normas y reducen los conflictos entre conductores y peatones. Cuando el espacio público está bien organizado, la ciudad funciona mejor.
Otro problema que merece mayor atención es la contaminación por ruido.
No hablamos únicamente del tránsito cotidiano, sino de motocicletas con escapes modificados y vehículos que generan deliberadamente niveles excesivos de ruido, especialmente durante la noche y la madrugada. Para muchas familias esto no representa una simple molestia; significa perder el descanso, afectar la salud y deteriorar la tranquilidad de los barrios.
Las regulaciones existen. Lo que muchas veces falta es una fiscalización constante y coordinada entre las municipalidades, la Policía Municipal, la Policía de Tránsito y la Fuerza Pública.
La autoridad no debe entenderse como persecución ni como afán recaudatorio. Su verdadero propósito es proteger el bienestar colectivo. Ordenar el comercio en la vía pública, garantizar aceras libres para los peatones, controlar el ruido excesivo y hacer respetar las normas de tránsito son acciones que fortalecen la convivencia y mejoran la calidad de vida de toda la comunidad.
También corresponde reconocer que la ciudadanía tiene responsabilidades. No basta con exigir soluciones cuando un problema nos afecta personalmente. Respetar las normas, cuidar los espacios públicos y respaldar las buenas decisiones de las autoridades son actitudes indispensables para construir mejores cantones.
Quizá la pregunta más importante sea por qué estos temas suelen ocupar un lugar central únicamente durante las campañas municipales. En los debates abundan las promesas sobre ciudades más ordenadas, seguras y accesibles. Sin embargo, una vez iniciadas las administraciones, la gestión cotidiana suele concentrarse en actividades rutinarias, mientras los problemas estructurales permanecen prácticamente intactos.
Gobernar un cantón implica mucho más que administrar servicios o ejecutar pequeñas obras. Significa ejercer liderazgo, tomar decisiones, hacer cumplir la normativa y planificar el desarrollo urbano pensando en el bienestar de las futuras generaciones.
Con todo respeto, los ciudadanos no esperan perfección de sus autoridades municipales. Esperan compromiso, capacidad de gestión y voluntad para enfrentar los problemas que afectan su vida diaria.
Porque un cantón ordenado no limita la libertad de sus habitantes; por el contrario, la hace posible. Cuando las reglas se cumplen, todos ganan: los peatones caminan con seguridad, el comercio prospera, los barrios recuperan su tranquilidad y la ciudad se convierte en un lugar donde vale la pena vivir.
El orden urbano no es un lujo. Es una obligación de quienes gobiernan y una responsabilidad compartida por toda la comunidad. Solo así podremos construir cantones más seguros, más accesibles y con una mejor calidad de vida para todos.