LA VOZ DE GOICOECHEA (Por Nabil Mouaffak, columnista).- En el debate público costarricense se ha instalado una idea tan repetida como simplista: cuando los precios bajan, el mérito es del gobierno; cuando suben, la culpa recae directamente sobre Casa Presidencial. Esta lectura, cómoda para el discurso político y eficaz para las redes sociales, ignora una realidad básica de la economía: muchos precios no dependen de decisiones del Poder Ejecutivo y, aun cuando bajan, eso no se traduce necesariamente en una mejora real en la vida de las personas.
LA VOZ DE GOICOECHEA (Por Welmer Ramos González, economista).- Culpar a la ley contra la usura del gota a gota no es ignorancia: es mala fe. Es una mentira fabricada para proteger privilegios. El gota a gota existe desde los años 90; la ley contra la usura es de 2020. No lo creó: lo desenmascaró. Gracias a esa ley hoy se puede perseguir penalmente a quienes cobran intereses criminales. Antes, actuaban con total impunidad.
Decir que para prestarle a una persona pobre hay que cobrarle 70% u 80% no es inclusión financiera: es extorsión pura, es robo con contrato. Ninguna persona sin capacidad de pago debería recibir crédito, porque eso solo la empuja a la morosidad, le mancha el récord y la expulsa del sistema financiero. Eso lo sabe cualquier economista serio.
LA VOZ DE GOICOECHEA (Por María Lucía Arias*).- Hay una trampa que la izquierda ha perfeccionado en América Latina: venderse como una superioridad moral. No como un programa de gobierno, no como una forma de administrar un país, sino como una etiqueta de “buenas intenciones” que nos obliga a callarnos si no queremos quedar como malas personas. Y esa es justamente la primera alarma. Porque cuando una ideología necesita inmunidad ética para funcionar, es porque no quiere que le midan los resultados. Quiere que le midan el discurso.
LA VOZ DE GOICOECHEA (Por Jose Luis Ortiz, columnista).- Vincent Fred analiza cómo la profesionalización ha vaciado de narrativa al ecosistema y por qué proyectos lúdicos como ‘Boinkers’ encarnan la nueva resistencia cultural.
El ecosistema de las criptomonedas, otrora sinónimo de una revolución financiera caótica y democratizadora, ha alcanzado en 2026 una madurez incómoda. La energía desbordada y minorista que definió su época dorada ha sido sustituida por la fría estrategia de los capitales institucionales, dando forma a un mercado predecible, regulado y, para muchos de sus primeros creyentes, profundamente aburrido. La promesa de “cripto para todos” ha sido absorbida por la maquinaria de los mercados tradicionales, planteando una pregunta crucial: ¿qué queda cuando desaparece la euforia?
