
El versículo nos señala tres actitudes concretas:
Ser bondadosos: no solo hacer el bien, sino hacerlo con ternura, consideración y generosidad, incluso con quienes nos han ofendido.
Ser misericordiosos: Compadecernos de las debilidades ajenas, sin juzgar con dureza ni guardar rencor.
Perdonar mutuamente: El perdón no es un favor que hacemos a cambio de algo, sino la respuesta natural al inmenso perdón que hemos recibido de Dios por medio de Jesucristo. Nuestro perdón hacia los demás no tiene límites porque el de Él tampoco los tiene.
La clave: “como Dios también os perdonó”. No perdonamos porque los demás lo merezcan, sino porque hemos comprendido cuánto hemos sido perdonados. En Cristo, Dios borró toda nuestra deuda; por eso, nosotros podemos hacer lo mismo con los demás.
Oración
Señor, gracias por perdonarme libremente y llenarme de tu gracia. Hoy te pido que me enseñes a mirar a los demás con el mismo corazón con que tú me miras. Quiero ser bondadoso, misericordioso y saber perdonar, sin guardar rencor, imitando el amor que tú me has dado. En el nombre de Jesús, amén
LA VOZ DE GOICOECHEA (Por Redacción).- El apóstol Pablo, en esta carta a los creyentes de Roma, nos entrega una enseñanza práctica que une la fe con la vida cotidiana. No separa nuestra relación con Dios de nuestra responsabilidad con los demás ni con la sociedad en la que vivimos.
El versículo nos invita a una integridad completa: no se trata solo de cumplir obligaciones materiales, como impuestos y contribuciones, sino también de cultivar actitudes invisibles pero esenciales: el respeto y el honor hacia quienes nos rodean y hacia las autoridades establecidas. Reconocer que todo orden justo proviene de Dios nos impulsa a actuar con rectitud, transparencia y consideración.