“La conciencia de la humanidad queda manchada con tantas realidades bochornosas, como cuando la vida de los niños se ven atrapadas bajo el yugo de la pobreza o trastornadas por desastres o conflictos violentos que matan y mutilan a seres indefensos; o la misma existencia de nuestros mayores, cuando es abandonada y desasistida”
LA VOZ DE GOICOECHEA (Por Víctor Corcoba Herrero, escritor).- En un cosmos donde podemos elegir cualquier cosa, elijamos tomar conciencia en nuestros quehaceres. En efecto, tan importante como alzar la voz es escucharse, guardar silencio para oírse y ver qué pulso nos interesa tomar como actitud de vida. Por eso, es trascendente hacer pausas, ya no sólo para tomar aliento y descansar de los tropiezos, también para interrogarse, corregirse y enmendarse, antes de que el estrés y el agotamiento corporal y emocional nos trastorne mentalmente. Está visto que únicamente, tomando conciencia de que, sólo caminando por el camino de la concordia, el mundo podrá construir un futuro mejor para todos, porque la paz puede conseguir maravillas que la guerra nunca alcanzará, trazaremos horizontes de avance humanitario y de un alto el fuego global.
LA VOZ DE GOICOECHEA Por Nabil Mouaffak, columnista).- En tiempos de división marcada, cuando los barrios se fracturan, las redes se incendian y hasta las familias se tensan por diferencias ideológicas, una pregunta aparentemente sencilla se vuelve un laberinto: ¿Quién tiene la razón?
La democracia suele ofrecer una respuesta cómoda: “la mayoría”. Pero la historia insiste en recordarnos que la mayoría no siempre acierta. La regla de la mayoría no define la verdad, solo determina quién toma la decisión. La democracia, por sí sola, no garantiza justicia ni ética; garantiza procedimiento. Y el procedimiento, sin alma comunitaria, nunca ha sido suficiente para sostener una sociedad viva.
LA VOZ DE GOICOECHEA (Por Nabil Mouaffak, columnista).- En un país donde cada mañana comienza entre filas interminables, buses abarrotados y carreteras que parecen no avanzar, la movilidad ciudadana se ha convertido en uno de los temas más urgentes —y, a la vez, más postergados— del debate nacional. La forma en que nos desplazamos define nuestra calidad de vida, el acceso a oportunidades y la eficiencia de toda la estructura social y económica. Sin embargo, durante décadas este tema ha sido relegado a promesas generales o soluciones aisladas.
LA VOZ DE GOICOECHEA (Por Gabriela Umaña, periodista).- En el ecosistema de nuestra democracia, tendemos a poner el foco en el drama nacional: las decisiones presidenciales, los debates legislativos. Sin embargo, olvidamos que la política más influyente en nuestro día a día no se gesta en la capital, sino en la esquina, en el parque y en el bache de nuestra calle. Es la política municipal, y su órgano clave es el Concejo Municipal, compuesto por los regidores.
Lamentablemente, la figura del regidor a menudo se diluye. Se percibe, en el peor de los casos, como un puesto de lealtad partidaria recompensado con dietas por asistir a sesiones; en el mejor, como un tramitador de problemas menores. Ambas visiones son peligrosamente reduccionistas.

LA VOZ DE GOICOECHEA (Por Víctor Corcoba Herrero, escritor).- En una época marcada por la multitud de conflictos que nos circundan, sumado al aluvión de enfermedades mentales y a los diferentes estilos de vida, ponernos a ejercitar el ojo del alma será como tomar aliento y generar esperanza, para conocerse y reconocerse activo en el tajo de la savia. Realmente, somos un continuo vivir compartiendo en un mundo globalizado. Nada se atiende, ni tampoco nadie se entiende, por sí mismo. La realidad es una viviente exposición reconcentrada de existencias, donde el acompañamiento es vital, sobre todo para gestar un concurrido futuro, de buen hacer y mejor obrar. Sin duda, el objetivo pasa por hermanarnos. Es cuestión de implicarse y de aplicarse en su consecución. El deber, pues, es colectivo.
La reacción que desvela la debilidad del poder
LA VOZ DE GOICOECHEA (Por Nabil Mouaffak, comunicador).- Es una escena cada vez más frecuente en la esfera pública: un funcionario, director o ministro es objeto de un cuestionamiento legítimo sobre su gestión, una obra inconclusa o una decisión dudosa. Y su reacción no es defender la acción, sino atacar al mensajero. La crítica, ese pilar fundamental de la democracia, es recibida no como un derecho ciudadano, sino como un insulto personal, una afrenta a la dignidad o una conspiración en su contra.