Segunda Entrega de la Trilogía: Cuando la Política Pierde su Alma

“Una patria que observa con tristeza cómo su máxima tribuna se aleja de los valores de excelencia y servicio que forjaron nuestra democracia”
LA VOZ DE GOICOECHEA (Por Gerardo A. Pérez Obando (Gapo), columnista).- La desconexión del Plenario: cuando el honor del cargo queda grande. Hay un malestar silencioso que recorre las ferias, las paradas de autobús y las mesas de café en Costa Rica. Es una mezcla de decepción y cansancio que surge cada vez que el noticiero muestra una sesión legislativa marcada por el show, la ausencia de argumentos o, peor aún, la indiferencia ante las urgencias del país. Lo que hoy sentimos los ticos no es apatía política; es el dolor de ver cómo la máxima tribuna de la República ha sido ocupada, en casos vergonzosos, por figuras que parecen ignorar la gravedad del momento histórico que atravesamos.

La brecha entre la “curul” y la “calle”. El desempeño de la asamblea que se despide no se mide solo en las leyes que no se aprobaron, sino en la calidad del debate que se perdió. Hemos sido testigos de legisladores más preocupados por la difusión de un video en redes sociales que por la rigurosidad de un dictamen técnico. Mientras el ciudadano promedio hace malabares para que el salario le alcance hasta fin de mes y evita salir de noche por temor a una bala perdida, en el Castillo Azul se han desperdiciado horas valiosas en discusiones estériles, ataques personales y una oratoria que raya en lo pedestre.
La empatía, ese valor tan tico, parece haberse evaporado de muchas curules. Ser diputado no es solo ostentar una credencial; es ser el pararrayos de las angustias de un pueblo. Sin embargo, la percepción generalizada es la de una casta que vive en una burbuja de privilegios, donde el mayor esfuerzo del día es bloquear la iniciativa del adversario, sin importar que en ese bloqueo se lleven de encuentro el bienestar de miles de familias.
El costo de la “mediocridad” legislativa. Costa Rica siempre se enorgulleció de sus “viejos robles” parlamentarios; hombres y mujeres de formación sólida que, aun en la discrepancia, mantenían la elegancia y la profundidad. Hoy, esa herencia parece un eco lejano. La asamblea saliente nos deja una lección amarga: el populismo y la falta de preparación tienen un costo real.
Cuando un diputado llega a improvisar, cuando no lee los proyectos, cuando vota por consigna de bloque o, peor aún, por intereses ajenos al bien común, el sistema se oxida. Esa “pésima gestión” que mencionamos en las esquinas se traduce en puentes que no se construyen, en medicamentos que no llegan y en una inseguridad que nos roba la paz. No se trata de ofender a la persona, sino de señalar que el cargo les quedó grande. El honor de representar al pueblo costarricense exige una estatura ética e intelectual que muchos, lamentablemente, no quisieron o no pudieron alcanzar.
La responsabilidad del voto: El espejo del ciudadano. Es fácil señalar al diputado que duerme en la sesión o al que utiliza el micrófono para el insulto fácil, pero este malestar nacional también debe servirnos para mirarnos al espejo. Esos diputados no llegaron solos; fueron enviados por nosotros. La asamblea es, en última instancia, el reflejo de nuestras decisiones en la urna.
El mal humor social que hoy impera debe ser el motor de un cambio en la cultura política. No podemos seguir premiando el carisma vacío o la lealtad partidista ciega. Costa Rica necesita volver a la política de las ideas, a la política que se ensucia los zapatos en los barrios pero que mantiene la mente clara en la comisión legislativa.
Un llamado a la dignidad. A los diputados que se van dejando una estela de intrascendencia, el país les pasó factura en su prestigio. A los que vienen, el mensaje es claro: el pueblo de Costa Rica ya no tiene paciencia para el espectáculo. Estamos cansados de ser espectadores de una obra de teatro de mala calidad mientras nuestras comunidades se desmoronan.
La democracia costarricense es demasiado valiosa para dejarla en manos de quienes no comprenden que legislar es, ante todo, un acto de servicio y sacrificio. El malestar es real, es legítimo y es el primer paso para exigir que, en el próximo cuatrienio, la Asamblea Legislativa vuelva a ser el faro de luz que el país necesita y no el laberinto de sombras en el que se ha convertido. https://www.facebook.com/watch/?v=4222664281389169