OPINIÓN: La adicción al poder: cuando no se cura, solo se transforma

Published by Redacción on

Hay frases que incomodan porque revelan verdades que muchos prefieren no mirar de frente. Una de ellas dice: una adicción nunca se cura, solo se transforma.

En política, esta idea resulta inquietantemente precisa.

Cuando una sociedad no enfrenta sus vicios institucionales, estos no desaparecen. Cambian de nombre, de forma y de discurso. Lo que ayer fue corrupción abierta hoy se llama “error administrativo”. Lo que antes era autoritarismo, ahora se disfraza de “decisión técnica”. El fondo es el mismo: el poder sin control siempre encuentra la manera de justificarse.

El problema nunca ha sido el cargo, ni el presupuesto, ni siquiera la ideología. El verdadero problema es la adicción al poder: a decidir sin rendir cuentas, a administrar el silencio, a gobernar sin escuchar. Y como toda adicción, cuando se ve amenazada, se vuelve más sofisticada.

Antes el abuso era burdo; hoy es elegante.

Antes el clientelismo era evidente; hoy se llama “gestión estratégica”.

Antes se imponía por la fuerza; hoy se normaliza por el cansancio ciudadano.

Nada se curó. Solo se transformó.

Las administraciones que creen que gobernar es evitar el conflicto no están resolviendo problemas: están aplazando crisis. Las que confunden eficiencia con opacidad no modernizan el Estado: lo anestesian. Y las que desprecian la participación ciudadana no fortalecen la institucionalidad: la debilitan lentamente, hasta volverla irrelevante.

El poder que no se cuestiona se vuelve adictivo.

El poder que no se fiscaliza se siente impune.

Y el poder que no rinde cuentas termina creyendo que gobernar es un favor, no una obligación.

Aquí es donde la ciudadanía entra en escena. Porque, así como ninguna persona supera una adicción sin reconocerla, ninguna democracia se fortalece sin incomodarse a sí misma. La participación no es un estorbo: es el tratamiento. La crítica no es enemiga del orden: es su antídoto.

Cuando un pueblo deja de preguntar, alguien empieza a decidir por él.

Cuando deja de vigilar, alguien empieza a abusar.

Y cuando deja de participar, alguien se vuelve adicto al control.

La historia es clara: los sistemas que no sanan, repiten.

Y los que no se atreven a mirarse de frente, solo cambian de vicio.

La adicción al poder no siempre se nota de inmediato. A veces se disfraza de costumbre, de silencio o de ese resignado “así son las cosas”.

La pregunta queda abierta —y es profundamente local—:

¿Cree usted que, en este cantón, o en el país, existe hoy alguna forma de adicción al poder?

Porque el primer paso para enfrentarla no es señalarla desde lejos, sino atreverse a verla de cerca.

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