¿De verdad vivimos en democracia?

LA VOZ DE GOICOECHEA (Por Nabil Mouaffak, columnista).- Hace algunos años, un vecino me dijo algo que debería alarmarnos como país. Aseguró que jamás votaría por determinado partido político porque su bandera era roja y, para él, ese color equivalía automáticamente a comunismo. No importaron las explicaciones, ni las propuestas, ni los hechos. El color bastaba.
Ese episodio, lejos de ser anecdótico, revela un problema profundo: ¿qué tipo de democracia puede sostenerse cuando las decisiones políticas se toman desde prejuicios, falsedades o miedos heredados? ¿Qué tan libre es un voto cuando no nace del conocimiento, sino de consignas vacías repetidas durante décadas?
Porque votar no es un acto mecánico ni un ritual automático. Votar es —o debería ser— un acto consciente. Implica informarse, contrastar, preguntar y entender. Cuando eso no ocurre, cuando el voto se decide desde el enojo, el miedo o la desinformación, la democracia deja de ser una herramienta ciudadana y se convierte en una simple formalidad.
Esto no es nuevo. Hace más de dos mil años, el historiador griego Polibio advirtió sobre la oclocracia: la degeneración de la democracia en un sistema dominado por la masa desinformada, donde las decisiones se toman con el hígado y no con la cabeza. Donde el ruido sustituye al argumento y la emoción desplaza a la razón.
En una oclocracia no se debaten ideas, se imponen etiquetas.
No se analizan propuestas, se demonizan colores.
No se dialoga, se grita.
No se piensa, se reacciona.
Y aquí es donde Costa Rica debe mirarse al espejo sin complacencias.
¿Hemos vivido una democracia sólida y participativa, o más bien una democracia superficial, sostenida durante años por la inercia, la desinformación y una alarmante falta de educación política?
La desinformación no es un accidente reciente ni culpa exclusiva de las redes sociales. Es el resultado de décadas de desinterés cívico, de discursos simplistas tolerados, de prejuicios transmitidos como verdades incuestionables. Las elecciones siguieron realizándose, sí. Pero el ejercicio ciudadano se fue vaciando de contenido.
Por eso es necesario plantear preguntas incómodas, aunque molesten:
¿Nuestra democracia se degradó con el tiempo hasta rozar la oclocracia?
¿O nunca terminamos de construir una democracia real y hoy solo cosechamos esa fragilidad?
¿Ha sido nuestro voto históricamente informado, o mayoritariamente manipulado por emociones, miedos y mentiras normalizadas?
Este no es un llamado a buscar chivos expiatorios. Es un llamado a asumir responsabilidades. Porque la democracia no fracasa únicamente por culpa de políticos corruptos o instituciones débiles. Fracasa cuando la ciudadanía renuncia a pensar, a informarse y a exigir.
Desde el movimiento Goicoechea Resucita sostenemos una posición clara: la democracia no se defiende con discursos patrióticos ni con votar por costumbre. Se defiende todos los días, cuestionando lo que se escucha, rompiendo con prejuicios heredados y entendiendo que informarse es una obligación cívica, no una opción.
No creemos en una democracia de aplausos ni de consignas huecas. Tampoco en una democracia que se reduce a escoger bandos como si se tratara de equipos de fútbol. Creemos en una democracia exigente, incómoda y crítica. Y creemos, también, que dejar toda la culpa en “los otros” es una forma más de evadir nuestra propia responsabilidad.
La democracia que tenemos —con sus luces y sus profundas sombras— es el reflejo de la ciudadanía que hemos sido.
Si queremos algo distinto, no basta con cambiar partidos, nombres o colores. Hay que cambiar hábitos: informarnos más, cuestionar más y pensar mejor.
Porque sin ciudadanía crítica, no hay democracia que aguante.
Y porque una democracia sostenida en el miedo y la ignorancia no es democracia: es una ilusión peligrosa.
La pregunta sigue abierta.
La reflexión es colectiva.
Y la responsabilidad, ineludible.