Costa Rica en las rutas del narcotráfico: la realidad que preferimos no mirar

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LA VOZ DE GOICOECHEA (Por Nabil Mouaffak, columnista).- Durante mucho tiempo, Costa Rica se contó a sí misma una historia cómoda: la de un país de paso, casi accidental, dentro de las grandes rutas del narcotráfico. Una nación utilizada por otros, pero no realmente comprometida con el problema. Hoy, esa narrativa ya no resiste el contraste con los datos.

Los informes más recientes del Global Organized Crime Index muestran una tendencia que debería incomodarnos como sociedad: Costa Rica no solo ha empeorado su posición en el mapa global del crimen organizado, sino que se ha consolidado como un punto cada vez más relevante en el tráfico internacional de cocaína. No por producirla, sino por facilitar su movimiento.

Entre 2021 y 2025 el salto es evidente. Lo que antes era un problema contenido hoy es una amenaza estructural. En apenas cuatro años, el país pasó de ocupar posiciones relativamente menos críticas a ubicarse entre los peores evaluados del mundo en tráfico de cocaína. No es un dato aislado ni una exageración alarmista: es una señal clara de que algo no estamos haciendo bien.

La pregunta incómoda es por qué. Y la respuesta también lo es. Costa Rica reúne condiciones ideales para el narcotráfico: ubicación estratégica, extensas costas, puertos clave para el comercio internacional y un sistema de exportaciones que, mal vigilado, puede ser utilizado para camuflar cargamentos ilícitos. A esto se suma el fortalecimiento de redes criminales transnacionales que ya no solo pasan por el país, sino que operan dentro de él.

El problema es que seguimos discutiendo el narcotráfico como si fuera una amenaza externa, lejana, casi ajena. Mientras tanto, sus efectos ya se sienten en la seguridad ciudadana, en la saturación de las instituciones públicas y en la normalización de la violencia como parte del paisaje cotidiano. Cuando un país comienza a acostumbrarse a esas señales, el daño es profundo.

No se trata solo de estadísticas ni de rankings internacionales. Se trata de lo que ocurre cuando el crimen organizado gana terreno: corroe la confianza, presiona a las instituciones y debilita el Estado de derecho. Y eso, en una democracia, debería ser motivo suficiente para una discusión nacional seria.

De cara al próximo proceso electoral, resulta preocupante que el debate político siga girando entre promesas de mano dura, discursos tranquilizadores o simples negaciones del problema. Costa Rica no necesita candidatos que minimicen la realidad; necesita liderazgo capaz de mirarla de frente.

Reconocer que el país se ha convertido en un nodo relevante del narcotráfico internacional no es una derrota. Es el punto de partida para cualquier solución real. Negar el problema no reduce las cifras, no mejora la seguridad y no protege a las comunidades.

Costa Rica aún está a tiempo de cambiar la tendencia, pero solo si abandona la comodidad del autoengaño. Asumir la magnitud del desafío, discutirlo con honestidad y enfrentarlo con políticas públicas sostenidas no es opcional. Es una obligación democrática.

Normalizar el lugar que hoy ocupa el país en las rutas del narcotráfico sería aceptar un futuro que ninguna sociedad que se precie de ser democrática debería estar dispuesta a tolerar.

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