
Hay frases que incomodan porque revelan verdades que muchos prefieren no mirar de frente. Una de ellas dice: una adicción nunca se cura, solo se transforma.
En política, esta idea resulta inquietantemente precisa.
Cuando una sociedad no enfrenta sus vicios institucionales, estos no desaparecen. Cambian de nombre, de forma y de discurso. Lo que ayer fue corrupción abierta hoy se llama “error administrativo”. Lo que antes era autoritarismo, ahora se disfraza de “decisión técnica”. El fondo es el mismo: el poder sin control siempre encuentra la manera de justificarse.
LA VOZ DE GOICOECHEA (Por María Lucía Arias*).- En las últimas semanas se ha instalado una idea que se repite como mantra, casi como si fuera una ley moral incuestionable: si un candidato no se sienta en todo debate al que es invitado, entonces “le tiene miedo” a algo. Suena bien. Suena democrático. Suena a civismo republicano. El problema es que, cuando se analiza con un mínimo de honestidad política, esta narrativa es mucho más emocional que racional.
En la práctica, muchos debates electorales han dejado de ser espacios para informar al electorado y se han convertido en escenarios para redistribuir atención, fabricar choques y darles oxígeno a candidaturas que, fuera de ese formato, tendrían enormes dificultades para entrar en la conversación pública.