El sindicato que olvidó ponerse de pie

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LA VOZ DE GOICOECHEA (Por Tony Araya).-. Hubo un tiempo en que el sindicato era trinchera. Un refugio y una bandera. Un espacio donde la voz del trabajador retumbaba con fuerza, con dignidad y sin miedo. Hoy, en demasiados casos, ese eco se apaga tras un rótulo que dice “cerrado por remodelación”.

Pero en los planos de esa supuesta remodelación, se reconocen formas familiares: nombres que pronto aparecerán en papeletas electorales, puestos asegurados en algún despacho de Cuesta de Moras, o silencios cómodos que se compran con promesas.

La palabra “compañero” perdió su peso. Porque cuando el compañerismo huele a poder, deja de ser abrazo y se vuelve cálculo. La mesa de negociación se transformó en salón de cóctel; la lucha, en acuerdo discreto; y el sacrificio colectivo, en celebración de beneficios personales.

El sindicato —esa institución que alguna vez encarnó el coraje del pueblo trabajador— se volvió, en muchos casos, una extensión de la administración que debía fiscalizar. El coraje se volvió protocolo, la rebeldía se archivó en actas, y lo colectivo se transformó en marca registrada.

Hay dirigentes que olvidaron que fueron elegidos para cuidar a la gente, no para cuidarse entre ellos. Hay sindicatos que dejaron de representar la voz de la calle, para convertirse en espejos del poder: repiten su forma, su volumen, incluso su modo de respirar.

Y ahí radica la gravedad del asunto:

un sindicato que se parece al poder no protege, administra el desgaste.

No lucha, acompaña la derrota.

Cuando un sindicato olvida su raíz, el trabajador deja de confiar.

Y la culpa no es del obrero que se va, sino de la dirigencia que se quedó tan cómoda en la silla, que ya no recuerda lo que alguna vez significó estar de pie.

Porque el sindicato no nació para ser ficha política,

nació para ser contrapeso.

Para defender la dignidad.

Para que la justicia no se tenga que pedir de rodillas.

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