Opinión
LA VOZ DE GOICOECHEA (Por Luis Carlos Araya Monge, columnista).- Hoy Costa Rica vio algo que no se ve todos los días: dos poderes del Estado sentados, hablando de frente, sin teatro ni gritos.
Hoy creo que doña Laura Fernández terminó de convencer a quienes la hemos venido apoyando, y al menos puso a pensar a quienes, por alguna razón, no la apoyaron, pero tienen sobrado interés por el país.
Fuerza, contundencia y firmeza, pero con respeto. Esa fue su tónica. Hace rato no me sentía tan orgulloso de esta democracia y de esta cultura política. Para aquellos que, por demagogia y politiquería, hasta hace unos meses advertían que “tenían miedo”, que caíamos en la tiranía, vean qué rápido se aclararon las falacias y las mentiras.
Cuando los poderes dialogan con claridad, la democracia respira. Cuando evaden los temas, se pudre. Aunque los acuerdos no fueron unánimes, en principio se dio un gran paso.
Lo que quedó en evidencia:
Don Orlando Aguirre también se mostró respetuoso. Eso hay que reconocerlo. Pero el encuentro sirvió para poner sobre la mesa algo que don Rodrigo Chaves y ahora doña Laura Fernández, vienen planteando desde hace rato. Hay razones serias para preocuparse por el estado del Poder Judicial.
No fue un ataque. Fueron datos, casos, tiempos de resolución, percepción ciudadana. Se expusieron debilidades estructurales que frenan la justicia y erosionan la confianza: lentitud en procesos claves, recursos mal utilizados, procedimientos que parecen diseñados para dilatar más que para resolver.
Hubo otro elemento que no se puede ignorar: el desgaste. Se notó el cansancio de años en la gestión de parte de don Orlando. Eso no es un insulto, es una realidad humana. Pero en cargos de tanta responsabilidad, el cansancio sumado a la edad se traduce en riesgo para el país. Lo confirmó un momento incómodo con una magistrada, que le restó seriedad al encuentro. La autoridad y el orden del debate deben estar claros.
El tema que ya no podemos evadir: la reelección perpetua de magistrados. Urge revisar la reelección continua y casi perpetua de los magistrados de la Corte Suprema de Justicia.
La independencia judicial no se defiende blindando personas. Se defiende fortaleciendo la institución, estableciendo períodos claros, evaluaciones públicas y mecanismos de renovación que oxigenen el sistema.
Ninguna organización funciona bien sin renovación. En los otros poderes no existen esos privilegios. En el sector privado nadie dura 30 años en un puesto clave sin rendir cuentas. ¿Por qué en el Poder Judicial sí?
La independencia no es sinónimo de inamovilidad. Es sinónimo de imparcialidad, y la imparcialidad se sostiene con transparencia y reglas de juego claras.
Esto no es confrontación, es responsabilidad
Lo que pasó no fue un choque entre poderes. Fue un ejercicio de responsabilidad democrática que nos da tranquilidad.
Costa Rica no necesita mesías ni silencios cómplices. Necesita líderes que digan las cosas con respeto, pero sin rodeos, y ciudadanos que exijan más que aplausos.
Si los poderes no se hablan, quien pierde es el ciudadano que lleva cinco años esperando una resolución. Si se hablan, pero se mienten, quien pierde es la república. Hoy se habló con verdad. Ese es el camino correcto.
Lo de hoy reitero, fue un paso importante. No resuelve nada por sí solo, pero abre la puerta para una reforma real del sistema de justicia. Una reforma que no parta del odio al juez, sino de la consideración al ciudadano que necesita justicia a tiempo.
Si seguimos por esta ruta, vamos a demostrar que en Costa Rica la política aún sirve para algo más que ganar elecciones. Sirve para arreglar lo que está mal, antes de que sea tarde.