LA VOZ DE GOICOECHEA ( Por José Antonio Tabora, Coach de Vida).- Édgar Silva es un periodista y presentador costarricense con más de 36 años de experiencia en televisión. Ha sido presentador de varios programas exitosos, incluyendo Nace una Estrella, Buen Día, Mira Quién Baila y ahora ¿Quién quiere ser millonario?.
Su trayectoria en Nace una Estrella comenzó en 2009 y se extendió por varias temporadas, destacándose por su carisma y habilidad para conectar con los participantes. También ha sido presentador de Buen Día, un programa matutino que busca informar y entretener a la audiencia costarricense.
Recientemente, Édgar Silva asumió la conducción de ¿Quién quiere ser millonario?, uno de los concursos de preguntas y respuestas más exitosos de la televisión mundial. Su llegada al programa fue muy bien recibida por la audiencia, que destaca su capacidad para crear un ambiente cálido y emocionante en el set.
Mi Opinión como Coach de Vida Como coach de vida, puedo decir que Édgar Silva es un ejemplo de profesionalismo y dedicación. Su pasión por su trabajo y su compromiso con la audiencia son inspiradores. Me gusta cómo ha sabido mantener una imagen pública positiva y ha sido un referente en la televisión costarricense durante muchos años.
La Parte Positiva de Édgar Silva en Costa Rica
Ha sido un modelo a seguir para muchos jóvenes periodistas y presentadores
Ha utilizado su plataforma para promover causas sociales y apoyar a la comunidad
Su carisma y empatía han hecho que la audiencia se sienta conectada con él
Ha demostrado ser un presentador versátil y capaz de adaptarse a diferentes formatos de programas
Puntos destacados de la carrera de Édgar Silva:
Presentador de Nace una Estrella (2009-2025)
Presentador de Buen Día
Presentador de Mira Quién Baila
Presentador de ¿Quién quiere ser millonario? (2026-presente)
Periodista de Telenoticias (1991-actualidad)
En resumen, Édgar Silva es un presentador talentoso y experimentado que ha dejado huella en la televisión costarricense. Su carrera es un ejemplo de dedicación y pasión por el trabajo.
Escuchar sobre la muerte de niñas y niños Ngäbe-Buglé durante la temporada cafetalera me llevó inevitablemente a recordar mi propia infancia
LA VOZ DE GOICOECHEA (Por Zeidy Brukwä Rodríguez, Frente Nacional de Pueblos Indígenas y del Pueblo Ngäbe-Buglé).- Fui una niña Ngäbe-Buglé que junto a mi familia viajamos para cosechar café. Conocí el frío de la madrugada, la falta de acceso a la educación, los largos caminos, los albergues en malas o pésimas condiciones (hacinamiento), el cansancio y la incertidumbre que acompañan a miles de familias cada año. Muchas de las situaciones que hoy se denuncian no las conozco por informes ni por estadísticas. Las viví en carne propia. Hoy también soy madre. Y quizás por eso me duele aún más que el centro del debate deje de ser la vida de los niños y las niñas para convertirse en una discusión sobre fondos, seguros, inversiones y modelos de gestión.
En los últimos días se ha insistido en que la historia sobre las familias Ngäbe-Buglé “se cuenta a medias”. Coincido. Pero no por las mismas razones.
La historia que falta no comienza con la creación de programas sociales ni con la implementación de mecanismos de aseguramiento. La historia completa comenzó mucho antes, con generaciones de familias Ngäbe-Buglé que han sostenido, con su trabajo, una de las actividades económicas más importantes de Costa Rica, sin que ese aporte histórico se tradujera en el pleno reconocimiento de sus derechos.
Nadie puede negar que existen avances institucionales que deben reconocerse, en buena hora. Pero también tiene que reconocerse que ha sido gracias a las denuncias y presión que se han hecho desde hace años para cambiar esta situación.
Toda medida que contribuya a proteger la salud, la seguridad y la niñez merece ser valorada. Sin embargo, esos avances no pueden utilizarse para desplazar el debate sobre las condiciones que siguen enfrentando muchas familias ni para responder a denuncias de derechos humanos como si la existencia de programas bastara para resolverlas.
Los derechos no se compensan con programas sociales. Los derechos se garantizan
Las personas Ngäbe-Buglé no somos un costo de producción ni una población vulnerable cuya dignidad dependa de la solidaridad o caridad del sector cafetalero. Somos un Pueblo Indígena transfronterizo, con derechos colectivos reconocidos por la Constitución Política de Costa Rica, el Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo, la Declaración de las Naciones Unidas sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas y otros instrumentos internacionales de derechos humanos.
Nuestra existencia no comienza ni termina con la cosecha del café. No somos mano de obra estacional. Somos un Pueblo con historia, identidad, cultura, idioma, espiritualidad, autoridades propias y derechos colectivos. Nuestra presencia en las cosechas no puede analizarse únicamente desde una perspectiva económica o asistencialista; debe comprenderse desde el reconocimiento de nuestra dignidad y de nuestros derechos como Pueblos Indígenas, como sujetos de derechos.
La salud, la seguridad laboral, una vivienda digna y la protección de la niñez no son actos de generosidad. No son favores. Son obligaciones jurídicas, éticas y políticas del Estado y de quienes obtienen beneficios económicos del trabajo de miles de familias Ngäbe-Buglé.
Durante décadas, la historia de la migración cafetalera ha sido contada principalmente por instituciones, empresas y sectores productivos. Con demasiada frecuencia, las voces de las propias familias Ngäbe-Buglé han quedado relegadas. Se habla sobre ellas, pero pocas veces se habla con ellas o desde ellas.
La historia completa también incluye la discriminación, el racismo, la explotación laboral, las barreras para acceder a servicios públicos, las condiciones precarias que aún persisten en algunos albergues y el dolor de familias que han visto vulnerados sus derechos más fundamentales. También incluye la muerte de niñas y niños, una realidad que debería interpelarnos mucho más que cualquier balance financiero.
Las organizaciones que denuncian estas situaciones no debilitan al sector cafetalero ni al país. Por el contrario, cumplen una función esencial en toda democracia: recordar que el desarrollo económico no puede construirse sobre la vulneración de derechos humanos.
El café costarricense no se cosecha solo. Se cosecha con las manos de miles de hombres, mujeres, personas mayores, jóvenes y familias Ngäbe-Buglé. Detrás de cada cosecha hay historias de esfuerzo, de sacrificio y también de profundas desigualdades que Costa Rica aún tiene la responsabilidad de enfrentar.
La dignidad de un Pueblo no se mide por los programas que recibe, sino por los derechos que efectivamente se le garantizan.
Mientras la vida de un solo niño o una sola niña Ngäbe-Buglé siga estando en riesgo durante la migración cafetalera, ninguna cifra, ningún fondo y ningún comunicado podrán responder a la pregunta que realmente importa: ¿cuánto vale la vida de un niño o una niña Ngäbe-Buglé?
LA VOZ DE GOICOECHEA (Por Gerardo A. Pérez Obando (Gapo), columnista).- Cuando la radio abrió los caminos invisibles que unían al Caribe, el bolero inició una nueva etapa de su historia, las canciones no dependían teatros para llegar al público, podían viajar de isla en isla y entrar cada noche en miles de hogares.
Para responder a la creciente demanda de programación en vivo, las grandes emisoras comenzaron a formar orquestas de planta. Estos conjuntos musicales acompañaban a cantantes invitados garantizando transmisiones de alta calidad. Más que simples agrupaciones de respaldo, se convirtieron en verdaderas escuelas donde se formaron muchos de los artistas que más tarde alcanzarían fama internacional.
En Cuba, emisoras como CMQ y Radio Progreso reunieron músicos de extraordinario nivel. Pianistas, trompetistas, saxofonistas y percusionistas compartían espacios de trabajo donde la disciplina y la excelencia artística eran indispensables. Gracias a ellos, el bolero adquirió arreglos cada vez más elaborados y una sonoridad que conquistó a los radioescuchas de toda la región, pero el verdadero milagro ocurría frente al micrófono.
A través de las ondas radiales comenzaron a surgir voces que pronto serían reconocidas en todo el Caribe. Los oyentes no esperaban solamente una canción determinada, deseaban escuchar a sus intérpretes favoritos. La personalidad artística se convirtió en un elemento tan importante como la obra misma.
Entre aquellas voces destacó Daniel Santos, conocido como El Inquieto Anacobero. Su manera directa y apasionada de interpretar el bolero encontró en la radio un vehículo perfecto para llegar a públicos de distintas naciones. Cada presentación parecía una conversación íntima con quienes lo escuchaban al otro lado del receptor.
Junto a Daniel Santos brillaron figuras como Miguelito Valdés, dueño de un estilo enérgico y carismático, y Benny Moré, cuya extraordinaria versatilidad le permitía transitar entre diversos géneros sin perder la sensibilidad romántica que distinguía al bolero. A ellos se sumó Olga Guillot, cuya fuerza interpretativa la convertiría con el tiempo en una de las voces femeninas más importantes del género.
La radio produjo además un fenómeno novedoso: la cercanía emocional, aunque muchos oyentes nunca habían visto personalmente a estos artistas, sentían que formaban parte de sus vidas. Sus voces acompañaban reuniones familiares, celebraciones, despedidas y recuerdos amorosos.
Mientras tanto, las orquestas continuaban enriqueciendo el género. Los arreglistas incorporaban influencias provenientes de otros ritmos caribeños, aportando nuevos matices sin alterar la esencia romántica del bolero. Esa combinación de tradición e innovación permitió que la música mantuviera su vigencia y ampliara constantemente su público.
Puerto Rico, República Dominicana, Venezuela y Cuba intercambiaban artistas, repertorios e influencias. Los músicos viajaban físicamente entre distintos países, pero muchas veces sus canciones llegaban primero gracias a la radio. Poco a poco se fue construyendo una comunidad cultural unida por una misma sensibilidad musical.
Las orquestas de planta y los grandes intérpretes contribuyeron así a crear un patrimonio sentimental compartido. El bolero dejó de pertenecer únicamente a una ciudad o a una isla para convertirse en la banda sonora de todo el Caribe.
Entre micrófonos, estudios de grabación y transmisiones nocturnas, surgieron las voces que aprendieron a volar. Voces que cruzaron mares y fronteras, llevando consigo historias de amor, nostalgia y esperanza. Y en ese viaje, la radio se convirtió en el puente que permitió al Caribe reconocerse en una misma canción.
LA VOZ DE GOICOECHEA (Por Nelson Salazar, exasesor legislativo y exregidor municipal).- Es evidente que el proceso electoral para elegir la Presidencia de la República y los diputados concluyó hace meses, y el Tribunal Supremo de Elecciones emitió la resolución correspondiente. Gracias a ello, hoy contamos con personas que ocupan la Casa Presidencial y las curules en la Asamblea Legislativa —con mejor o peor representación—; esa es solo una parte del funcionamiento democrático y esa etapa ya quedó atrás. Siguiendo con la comparación médica, equivale a la medición de la presión arterial: el control básico y fundamental.
Ahora bien, vale aclarar que las movilizaciones sociales no se confunden ni son ajenas a lo realizado por el TSE en el proceso electoral.
El plantón realizado el pasado 7 de agosto en distintas zonas del país es, sencillamente, una manifestación social. No importa quién tuvo mayor protagonismo o presencia; lo esencial es que su mensaje se hizo visible y colectivo. En nuestra batería de chequeos, esta movilización es como el análisis de sangre: revela datos más profundos, muestra el estado interno y lo que la ciudadanía lleva en su sentir.
Nunca debemos minimizar ni despreciar los logros o las limitaciones de estas movilizaciones. Este tipo de ejercicios ciudadanos entrega un diagnóstico claro sobre la salud de nuestra democracia. Eso sí: la interpretación final variará según la visión, la postura y la perspectiva de cada analista, como sucede al revisar resultados de laboratorio.
Sería muy valioso que el Poder Ejecutivo, el Poder Legislativo, el Tribunal Supremo de Elecciones y todos los pilares de nuestra institucionalidad también expresen su compromiso y presencia. Que lo hagan bajo una sola consigna común: proteger la institucionalidad, respetar la independencia entre poderes y preservar la democracia costarricense. Esa acción colectiva de las instituciones sería, en esta analogía, el electrocardiograma: registra el latido constante, la fuerza y la estabilidad que mantienen vivo el sistema.
Me atrevo a afirmar que sería un ejemplo único en el mundo: que los poderes del Estado salgan a expresar unidos, con voz firme y clara, que nuestra democracia está viva, sólida y que la defenderemos siempre, tal como nos recuerda y eleva nuestro himno nacional.
Además, esa unidad y compromiso enviaría un mensaje de confianza sólida hacia nuestros socios, inversores y el sector productivo del país.
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