Cuento de camino: El chaleco prestado

Hay días en que la vida le presta a uno ropa que no es de su talla. A don Anselmo le ocurrió un jueves
VOZ DE GOICOECHEA (Por Gerardo A. Pérez Obando (Gapo), columnista).- Apareció en la plaza vestido con un chaleco, tan respetable, que parecía tener más años de experiencia que quien lo llevaba puesto. El pantalón tampoco parecía ser exactamente suyo porque al observarlo con atención, daba la impresión de que habían iniciado la mañana juntos, pero no necesariamente, que se conocieran desde antes.
Don Anselmo caminaba despacio. No por solemnidad, sino por precaución.
El pantalón manifestaba una clara vocación hacia el sur.
Exigiendo frecuentes negociaciones para permanecer donde la sociedad espera que lo haga.
Los vecinos observaron discretamente. En los pueblos pequeños existe una vieja costumbre; todo el mundo mira, pero nadie parece estar mirando.
Doña Matilde, desde la ventana de la panadería, comentó: —Parece que don Anselmo amaneció con responsabilidades nuevas.
Nadie entendió exactamente qué quiso decir, pero todos estuvieron de acuerdo. Las responsabilidades nuevas suelen parecerse a los trajes grandes; primero cuelgan, después pesan.
Don Anselmo llegó hasta el parque y tomó asiento en una banca. Se acomodó el chaleco, pero este volvió a desacomodarse. Intentó enderezarlo otra vez, pero el chaleco respondió con una arruga filosófica que sugería la inutilidad de ciertos esfuerzos humanos.
Un muchachito que alimentaba palomas se acercó.
—Señor, ¿ese chaleco es suyo?
Don Anselmo reflexionó un instante.
—Hoy sí.
La respuesta dejó satisfecho al niño y confundidos a varios adultos. Suele ocurrir porque los niños hacen preguntas simples. Los grandes son los especialistas en complicarlas.
Una ráfaga de viento atravesó la plaza. El chaleco se infló con entusiasmo, y durante algunos segundos pareció convencido de poseer una vida independiente.
Don Anselmo lo sujetó con ambas manos. Las palomas levantaron vuelo. Dos señores dejaron de jugar ajedrez para observar la escena. Uno de ellos murmuró:
—Hay personas que dominan su vestuario.
El otro respondió: —Y hay vestuarios que dominan a las personas. Ninguno movió una pieza durante los siguientes cinco minutos. La reflexión lo merecía.
Ya entrada la tarde, don Anselmo regresó a casa.
Al día siguiente volvió a la plaza con ropa sencilla y perfectamente ajustada. Nadie hizo comentarios. Los pueblos también poseen la elegante educación de fingir que nunca advirtieron ciertas cosas, sin embargo, algo había cambiado.
Don Anselmo parecía caminar con más facilidad. No más rápido. No más importante. Simplemente, con mayor soltura.
Fue cuando el viejo boticario llegó a una conclusión que todavía se recuerda en el pueblo: la mayoría de los problemas no nacen porque nos quede pequeña la vida. Nacen porque insistimos en cargar tallas que pertenecen a otra persona.
Y desde entonces, cuando alguien aparece intentando representar un papel demasiado grande para sí mismo, los vecinos no lo critican, solo sonríen con discreción y preguntan:
—¿Cómo va ese chaleco?
Porque todos, tarde o temprano, terminamos usando uno.