Costa Rica en el cruce de caminos: La democracia más antigua de la región frente a su propia pregunta

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LA VOZ DE GOICOECHEA (Por Nabil Mouaffak, columnista). Durante décadas, Costa Rica fue celebrada como la excepción latinoamericana. El país de las escuelas en cada pueblo, del seguro social solidario, de la abolición del ejército y del voto pacífico. La imagen de una democracia estable, casi natural, se convirtió en parte de la identidad nacional. Se dijo —y se repitió— que aquí la gente decide con la papeleta, que las instituciones funcionan solas, que las crisis siempre terminan en acuerdos.

Hoy Costa Rica está en un cruce de caminos.

Uno en el que conviven la nostalgia por el orden que fue y la inquietud por lo que todavía no se ha construido.

Desde 1949 hasta entrado el siglo XXI, Costa Rica vivió bajo lo que los politólogos llaman una democracia electoral estable. Existían elecciones libres, libertad de expresión y una institucionalidad pública fuerte. Pero la competencia por el poder estaba social y políticamente ordenada.

Dos grandes partidos —el PLN y el PUSC— se alternaban el gobierno en una danza conocida. Los liderazgos políticos surgían casi siempre de los mismos círculos: familias, redes económicas, estructuras territoriales y académicas vinculadas al Estado.

No era una dictadura, ni un autoritarismo cerrado. Pero era un sistema administrado desde arriba, donde la participación ciudadana real más allá del voto era limitada. Las decisiones estratégicas del país se negociaban entre élites que se conocían entre sí, compartían códigos y mantenían una estabilidad tácita: vos gobernás ahora, yo durante el próximo ciclo, y todo continúa en equilibrio.

Este equilibrio tuvo un costo: se acumuló desgaste, distancia y cansancio.

La política comenzó a hablar un idioma que ya no conectaba con la realidad cotidiana.

Los partidos tradicionales se hicieron estructuras densas, lentas, más preocupadas por conservar posiciones que por reinterpretar el país que cambiaba.

Y llegó lo inevitable: La desigualdad creció, los salarios se estancaron, los servicios públicos se fragmentaron, los territorios fuera de la GAM sintieron abandono, la corrupción dejó de ser rumor para convertirse en evidencia. La gente dejó de creer.

Fue entonces cuando otras voces entraron al juego: movimientos nuevos, partidos efímeros, discursos emocionales, liderazgos que ofrecieron lo que el sistema ya no podía: sentir que la voz de la ciudadanía importaba.

La democracia se abrió, pero de golpe, sin transición, sin educación política, sin mapa.

Lo que vino después no fue calma, sino tormenta.

 Una democracia con el voto intacto y la confianza rota

Costa Rica sigue teniendo elecciones libres. La prensa sigue hablando. La Corte y el Tribunal Supremo de Elecciones existen y funcionan. Pero la democracia ya no descansa sobre confianza, sino sobre sospecha.

Cada sector desconfía del otro. La conversación pública se volvió un campo de batalla emocional. La política dejó de ser un espacio para construir y se convirtió en un espacio para demoler.

La ciudadanía está exhausta, y una sociedad exhausta es terreno fértil para quien promete orden sin diálogo.

Ese es precisamente el cruce de caminos.

Ruta 1: Democratizar de verdad

Más participación ciudadana. Estado social actualizado. Transparencia real. Diálogo territorial. Educación cívica viva.

La ruta más difícil. La más lenta. La más madura.

Ruta 2: Sacrificar el modelo “democrático” acostumbrado a cambio de orden Inmediato

Un líder fuerte. Menos debate. Menos contrapesos. Más obediencia emocional.

La ruta más rápida. La más seductora. La más peligrosa.

¿Quién defina el futuro?  no es el gobierno. Ni la Asamblea. Es la cultura política de la gente común: Cómo hablamos entre nosotros, qué tipo de enojo permitimos que crezca, si escuchamos antes de responder, si seguimos creyendo en lo público como espacio compartido.

La democracia se defiende en la forma de conversar, no solo en la urna.

Costa Rica no es una historia terminada. Es una historia en movimiento.

La pregunta no es si la democracia se está perdiendo.

La pregunta es si estamos dispuestos a reconstruirla —o a renunciar a ella—.

Este es el cruce de caminos.

Y el camino que tomemos dependerá, más que nunca, de la conversación que tengamos hoy.

Este texto es un análisis y una reflexión personal.

No aspira a ser popular, ni a representar la opinión de un partido, sector, institución o grupo.

La democracia se ejerce también cuando pensamos distinto y lo decimos con respeto.

Solo así se puede reconstruir lo que está en riesgo.

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