Confiar en el TSE es confiar en el pueblo, la esencia democrática que muchos olvidan

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LA VOZ DE GOICOECHEA (Por Nabil Mouaffak, comunicador).- En los últimos años, el discurso de la desconfianza ha ido ganando espacio en el debate público. Se repite con ligereza la frase: “Yo no confío en el Tribunal Supremo de Elecciones”, como si se tratara de un eslogan inocente. Pero esta afirmación, lejos de ser un comentario casual, encierra un mensaje profundo y peligroso: la desconfianza no recae en una institución abstracta, sino en miles de costarricenses reales que hacen posible cada elección.

Porque en Costa Rica el poder electoral no descansa en algoritmos ni en operadores políticos. Descansa en la ciudadanía. En nuestros vecinos, nuestros familiares, nuestros propios compañeros de trabajo. Detrás de cada urna hay rostros, nombres, cédulas, manos cansadas y voluntades firmes. Dudar del TSE es, en el fondo, dudar de ellos.

La democracia costarricense se sostiene con trabajo humano, no con discursos

Cuando se abre una urna, no la abren magistrados en oficinas cerradas.

La abren:

  • Miembros de mesa elegidos entre ciudadanos comunes, formados y juramentados.
  • Fiscales de todos los partidos políticos, vigilando que cada paso se cumpla.
  • Auxiliares electorales del TSE, uniformados, capacitados y trabajando a la vista de todos.
  • Personas voluntarias, que sin pago alguno dedican su día entero para cuidar la voluntad popular.

Ellos cuentan los votos uno por uno, en voz alta, frente a quien quiera escuchar, en un proceso que se registra, se firma y se revisa varias veces. No existe un instante en el que el conteo quede sin supervisión ciudadana.

Por eso, cuando alguien repite que “no confía”, no está señalando a los magistrados, sino a la gente que está al pie de la mesa: funcionarios, fiscales, adultos mayores, jóvenes universitarios, docentes, trabajadores, amas de casa. Gente de verdad. Gente del país.

Cuestionar con argumentos es parte de una democracia sana. Pero sembrar dudas sin evidencia es otra cosa: erosiona la confianza pública, debilita la estabilidad institucional y abre espacio a discursos autoritarios que se alimentan del caos.

Costa Rica ha mantenido por décadas una de las democracias más estables de América por una razón contundente: nuestro voto es manual, público y vigilado desde todos los sectores políticos, en un sistema prácticamente imposible de manipular sin que alguien se dé cuenta.

Para que un fraude ocurriera habría que coordinar a miles de costarricenses de distintos partidos, ideologías y orígenes sociales. Sería un acto de corrupción masiva entre personas que ni siquiera se conocen entre sí.

No solo es improbable. Es contradictorio con la propia identidad cívica del país.

Mientras en otros países se discute la vulnerabilidad digital, Costa Rica sigue defendiendo el voto en papel. Y esa es una bendición para nuestra estabilidad.

El conteo manual tiene un significado profundo:

la voluntad se toca, se ve, se lee, se cuenta y se firma.

No hay sombra, no hay secreto, no hay algoritmos que interpretar.

Hay ciudadanos, en carne y hueso, diciendo: “Aquí está la elección del pueblo. Aquí está la verdad.”

Confiar en el TSE es reconocer ese esfuerzo.

Es reconocer que somos un país que aún cree en la palabra dada, en la transparencia pública y en la honestidad de la mayoría.

Quien ataca al Tribunal sin pruebas no está haciendo crítica; está abriendo la puerta a la anarquía, al extremismo y al irrespeto por la voluntad popular.

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