Cómo reconocer a un gobierno con poca transparencia

LA VOZ DE GOICOECHEA (Por Nabil Mouaffak, columnista).- La transparencia no es un favor que el poder concede a la ciudadanía. Es una obligación democrática. Sin embargo, no todos los gobiernos lo entienden —o lo respetan—. Identificar una gestión con nula o muy baja transparencia no requiere ser especialista ni experto en administración pública: basta con observar ciertos patrones que, cuando se repiten, dicen más que cualquier discurso.
Un gobierno opaco no siempre viola la ley de forma directa. Muchas veces actúa en los márgenes, estirando las reglas, normalizando el silencio y desgastando poco a poco la confianza pública. Así es como se debilita una democracia desde adentro.
Cuando la información pública no fluye
La primera señal de alerta aparece cuando acceder a información pública se convierte en una carrera de obstáculos. Solicitudes que se responden fuera de plazo, datos incompletos, documentos ilegibles o la constante apelación a una supuesta “confidencialidad” sin sustento legal son prácticas habituales en gobiernos que prefieren no ser observados.
Cuando la información existe, pero nunca aparece, no estamos ante un problema técnico: estamos ante una decisión política.
Decisiones tomadas a puerta cerrada
Otro rasgo evidente es la forma en que se toman las decisiones relevantes. Reuniones sin actas claras, acuerdos que se conocen solo cuando ya están firmados y la ausencia de espacios reales de consulta ciudadana reflejan un modelo de poder que privilegia el silencio sobre el debate.
Gobernar sin explicar el cómo y el porqué de las decisiones es, en la práctica, excluir a la ciudadanía del proceso democrático.
Mucho discurso, pocos datos
Los gobiernos con baja transparencia suelen ser expertos en narrativa, pero pobres en evidencia. Anuncian logros sin indicadores claros, cambian versiones oficiales con frecuencia y evitan respaldar sus decisiones con datos verificables. El relato se impone sobre los hechos.
Hablar mucho no es lo mismo que rendir cuentas
Hostilidad frente a la fiscalización
Cuando la prensa, los órganos de control o la ciudadanía crítica son vistos como enemigos, la transparencia entra en zona de riesgo. Desacreditar preguntas legítimas, victimizarse ante la crítica o etiquetar la fiscalización como “ataque político” es una estrategia conocida para evadir responsabilidades.
En una democracia sana, la fiscalización no debería incomodar; debería corregir
El dinero público sin trazabilidad clara
La opacidad se vuelve especialmente grave cuando se trata del uso de recursos públicos. Contrataciones con un solo oferente, licitaciones hechas a la medida, gastos fragmentados o justificados bajo urgencias permanentes son señales que no deberían pasar desapercibidas.
El dinero público debe poder seguirse, explicarse y auditarse. Donde no hay claridad sobre el gasto, crece la desconfianza.
La ausencia de rendición de cuentas
Un gobierno sin transparencia rara vez reconoce errores. No hay informes claros, no se asumen responsabilidades y las investigaciones internas no producen consecuencias reales. Todo se diluye con el tiempo, a la espera de que la atención pública se desvanezca.
Sin rendición de cuentas, el poder se vuelve impune
Concentración del poder
Finalmente, la transparencia se debilita cuando las decisiones se concentran en pocas manos y los mecanismos de control son ignorados o debilitados. Gobernar mediante decisiones unilaterales o estados de excepción normalizados reduce los contrapesos indispensables en cualquier sistema democrático.
Menos controles siempre significa menos transparencia
La falta de transparencia no es solo un problema de gestión. Es el terreno fértil para la corrupción, el abuso de poder, el clientelismo y la impunidad. La democracia no se rompe de un día para otro; se desgasta cuando gobernar se convierte en un acto oculto.
Por eso proponemos un ejercicio básico de control ciudadano. Tome lápiz y papel —o su celular— y marque con ✔️ cada punto que reconozca en su gobierno local:
⬜ La información pública se entrega completa, clara y a tiempo.
⬜ Las decisiones importantes se explican y quedan documentadas.
⬜ Las reuniones y acuerdos son accesibles y verificables.
⬜ Los anuncios incluyen datos y respaldo técnico.
⬜ La prensa y la ciudadanía crítica no son atacadas ni desacreditadas.
⬜ El uso del dinero público puede seguirse y entenderse.
⬜ Existen informes periódicos y rendición de cuentas reales.
⬜ Los errores se reconocen y se corrigen públicamente.
⬜ Los órganos de control funcionan sin interferencias.
⬜ Las decisiones no se concentran en pocas personas.
Ahora mire su lista
Si los ✔️ son pocos —o inexistentes— estamos frente a un modelo de gobierno que opera desde la opacidad, donde el poder se ejerce sin ser observado.
La diferencia entre un gobierno transparente y uno que actúa desde la sombra no está en los nombres, los colores o los discursos, sino en la posibilidad real de ser fiscalizado.
La democracia no se defiende sola
Se defiende cuando la ciudadanía pregunta, revisa, exige y no normaliza el silencio.
Porque cuando nadie mira, el poder deja de servir y empieza a ocultarse.
Si desea compartir el resultado de este ejercicio, La Voz de Goicoechea abre este espacio para la reflexión colectiva.