LA VOZ DE GOICOECHEA (Por Nabíl Mouaffak, columnista).- A finales del año pasado, Goicoechea vivió una tragedia que sacudió a toda la comunidad. Un menor de edad fue arrastrado por la corriente durante un fuerte aguacero y desapareció tras caer en una alcantarilla sin tapa.
No fue un hecho imprevisible. Fue la consecuencia de un riesgo conocido, cotidiano y evitable.
Han pasado más de 100 días desde entonces.
Más de 100 días sin respuestas claras.
Más de 100 días sin garantías visibles de prevención.
Nota editorial: Esta columna es un espacio de opinión, sátira política e investigación periodística en curso. Los hechos y situaciones aquí descritos se basan en denuncias públicas, versiones recibidas por este medio y procesos actualmente en análisis por las autoridades competentes, y no implican culpabilidad alguna mientras no exista sentencia firme
LA VOZ DE GOICOECHEA (Por Ashley M. Gutiérrez).- ¡Feliz Año Nuevo, pueblo de Goicoechea! Arrancamos este 2026 con las antenas bien erguidas, el exoesqueleto reforzado y el aguijón listo, porque lo que se mueve bajo tierra no es apto para pieles sensibles ni para conciencias alérgicas a la rendición de cuentas.
LA VOZ DE GOICOECHEA (Por Gabriela Umaña).- En el marco del proceso electoral rumbo a las Elecciones Nacionales de 2026, el Tribunal Supremo de Elecciones (TSE) aclaró su postura sobre las manifestaciones de simpatizantes en las afueras de los recintos donde se realizan debates políticos, autorizando este tipo de concentraciones siempre que se respete el orden público.
Mediante un comunicado oficial, el máximo órgano electoral señaló que el respaldo a candidaturas políticas, ya sea de forma individual o a través de organizaciones partidarias, constituye una expresión legítima de la participación ciudadana dentro del sistema democrático costarricense.
LA VOZ DE GOICOECHEA (Por Consejo Editorial).- El poder, cuando no encuentra límites, tiende a deformarse. Puede volverse autorreferencial, complaciente y, en el peor de los casos, adicto a sí mismo. Y como ocurre con cualquier adicción, no se corrige con halagos ni con silencios cómodos, sino con un proceso constante de confrontación y control.
En política, ese proceso tiene un nombre claro: ciudadanía activa
Desde la psicología se sabe que ninguna conducta dañina se supera sin conciencia, sin límites y sin un entorno que deje de normalizarla. En la vida pública ocurre exactamente lo mismo. El poder que no es observado, cuestionado ni fiscalizado termina justificando lo injustificable. Se acostumbra a no rendir cuentas. Y cuando eso sucede, la democracia empieza a enfermar.
