Las Asociaciones de Desarrollo: 60 años después, la comunidad sigue siendo la respuesta

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Las Asociaciones de Desarrollo Comunal cumplen 60 años entre el reconocimiento de sus logros y la urgencia de una renovación que las devuelva al centro de la vida comunitaria

Hay instituciones que no se entienden leyendo una ley, sino caminando por un barrio. Las asociaciones de desarrollo comunal son una de ellas

LA VOZ DE GOICOECHEA (Por Isaí Jara Arias, periodista).- Hace sesenta años, Costa Rica apostó por una idea tan sencilla como revolucionaria: que el desarrollo no debía imponerse desde un escritorio en San José, sino construirse desde cada comunidad. Esa visión quedó plasmada en la Ley 3859, aprobada en 1967, que permitió a miles de vecinos organizarse para resolver sus propios problemas y convertirse en protagonistas del desarrollo local.

Seis décadas después, conviene preguntarnos si ese sueño sigue vivo o si lo hemos dejado envejecer entre la burocracia, la indiferencia y el desgaste institucional.

Quienes nacimos y crecimos en Costa Rica sabemos que las asociaciones de desarrollo fueron mucho más que simples organizaciones comunales. Fueron escuelas de ciudadanía.

Mucho antes de que se hablara de participación ciudadana como un concepto académico, ya había vecinos reuniéndose después de la jornada laboral para discutir cómo mejorar un camino, conseguir recursos para un salón comunal o gestionar un acueducto. Allí se aprendía a escuchar, a debatir, a votar y, sobre todo, a construir acuerdos.

Esa fue, quizá, la democracia más auténtica que conocieron muchas comunidades costarricenses.

En nuestro cantón todavía existen huellas visibles de ese esfuerzo colectivo. Detrás de muchas obras comunales hay generaciones enteras de dirigentes que trabajaron de forma voluntaria, convencidos de que el bienestar de un barrio también dependía de sus propios vecinos.

Pero el mayor legado de las asociaciones de desarrollo no fue únicamente las obras

Su verdadero aporte fue demostrar que cuando una comunidad aprende a organizarse para resolver un problema, descubre que también puede enfrentar muchos otros. De esas mismas asambleas nacieron cooperativas, comités deportivos, asociaciones de padres de familia, grupos culturales y organizaciones de mujeres. Se construyó tejido social.

Por eso resulta preocupante comprobar que ese modelo atraviesa hoy una de las etapas más difíciles de su historia.

La primera amenaza es el abandono institucional. Cada vez son más los dirigentes comunales que describen un Estado distante, lento y excesivamente burocrático. Gestionar un proyecto que antes requería acompañamiento técnico hoy suele convertirse en una carrera de obstáculos administrativos que termina desmotivando incluso a los más comprometidos.

La segunda amenaza es la politización

Cuando una asociación deja de representar a su comunidad para convertirse en un espacio de disputas partidarias, pierde su razón de ser. La confianza ciudadana, que tanto cuesta construir, se desvanece rápidamente cuando los vecinos perciben que el interés electoral pesa más que el bienestar colectivo.

Y existe un tercer desafío que no podemos seguir ignorando: la ausencia de nuevas generaciones.

Muchas asociaciones continúan discutiendo los mismos temas de hace treinta años mientras los jóvenes enfrentan preocupaciones completamente distintas. Hablan de empleo, conectividad digital, emprendimiento, acceso a la educación, salud mental y cambio climático. Si esos temas no encuentran espacio en las agendas comunales, será muy difícil convencerlos de participar.

No es un problema de desinterés juvenil. Es también una falta de actualización de las propias organizaciones.

Por eso, el aniversario número sesenta debería ser mucho más que una conmemoración. Debería convertirse en el punto de partida de una reforma profunda.

Costa Rica necesita asociaciones de desarrollo preparadas para el siglo XXI

Eso implica digitalizar trámites que todavía parecen anclados en otra época; fortalecer nuevamente el acompañamiento técnico a las comunidades, especialmente en las zonas rurales; y ampliar la visión del desarrollo comunal hacia nuevos desafíos como la sostenibilidad ambiental, la economía local, la innovación social y la inclusión digital.

No se trata de cambiar la esencia del movimiento comunal

Se trata de devolverle la capacidad de responder a las necesidades de las comunidades actuales.

Vivimos tiempos en los que abundan los discursos sobre participación ciudadana, pero escasean los espacios donde esa participación realmente ocurre. Las asociaciones de desarrollo siguen siendo uno de esos pocos lugares donde los vecinos pueden decidir juntos el rumbo de su comunidad.

Esa fortaleza merece ser protegida

En Goicoechea, como en cientos de comunidades del país, todavía hay mujeres y hombres que dedican noches enteras, fines de semana y buena parte de su tiempo libre a trabajar por sus barrios sin recibir salario, reconocimiento público ni titulares en los medios.

Lo hacen porque creen que organizarse sigue siendo la mejor manera de transformar la realidad.

A ellos les debemos mucho más que discursos de aniversario

Les debemos instituciones ágiles, reglas modernas, apoyo técnico y una política pública que vuelva a confiar en la organización comunal como motor del desarrollo.

Sesenta años después, las Asociaciones de Desarrollo Comunal no necesitan nostalgia.

Necesitan futuro.

Porque mientras exista una comunidad dispuesta a reunirse para resolver sus propios problemas, seguirá existiendo una de las expresiones más valiosas de la democracia costarricense.

Y ese es un patrimonio que no podemos permitirnos perder.

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