Cuando la Palabra “Política” Empezó a Dar Miedo

Published by Redacción on

LA VOZ DE GOICOECHEA (Por Consejo Editorial).- Hubo un tiempo en que la palabra política evocaba liderazgo, servicio y esperanza. Era sinónimo de comunidad, de acuerdos colectivos y de personas dispuestas a trabajar por el bienestar común. Hoy, para una gran parte de la ciudadanía, esa misma palabra genera desconfianza, cansancio y rechazo.

Y eso debería alarmarnos como sociedad.

Porque cuando la política deja de inspirar participación y comienza a provocar miedo o apatía, el daño va mucho más allá de los partidos políticos o de los gobiernos de turno. Lo que se erosiona es la confianza en la posibilidad de transformar la realidad. Se pierde la esperanza de que las cosas puedan mejorar.

La ciudadanía no se volvió indiferente por casualidad. Se cansó.

Se cansó de campañas llenas de discursos emotivos que desaparecen al día siguiente de las elecciones. Se cansó de observar cómo algunos dirigentes priorizan intereses personales o luchas de poder mientras las comunidades siguen esperando soluciones básicas. Se cansó de promesas incumplidas, de privilegios para pocos y de abandono para muchos.

Poco a poco, la política dejó de sentirse como un servicio y comenzó a percibirse como un negocio.

Y entonces apareció el miedo: miedo a involucrarse, miedo a opinar, miedo a confiar y, sobre todo, miedo a volver a ser decepcionados.

Por eso hoy muchas personas dicen con orgullo o resignación: “yo no me meto en política”, como si participar en los asuntos públicos fuera algo sucio o peligroso. Sin embargo, ahí radica una de las mayores tragedias sociales de nuestro tiempo: olvidar que la política, en su sentido más noble, nunca debió convertirse en una guerra de banderas ni en un espectáculo vacío.

La verdadera política no nace en una tarima ni en un slogan publicitario.

Nace en las comunidades que reclaman calles dignas, seguridad y oportunidades. Nace en la madre que teme por el futuro de sus hijos, en el adulto mayor que se siente abandonado, en los jóvenes que buscan empleo y oportunidades, y en los vecinos que se organizan para resolver problemas que durante años fueron ignorados.

La política auténtica es trabajo social convertido en acción colectiva. Es escuchar necesidades reales, construir soluciones y generar bienestar para la población.

La politiquería divide. La política verdadera construye.

Por eso el problema no es únicamente que la ciudadanía haya perdido interés en los partidos. El problema más profundo es que muchos dirigentes hicieron que la palabra política perdiera dignidad.

Y recuperarla no dependerá de campañas publicitarias, estrategias de imagen o discursos bien elaborados. Dependerá de hechos. De coherencia. De humildad. De dirigentes capaces de entender que representar a una comunidad no es un privilegio personal, sino una enorme responsabilidad social.

Tal vez, el día en que la política vuelva a parecer servicio y no espectáculo, la ciudadanía dejará de temerle a esa palabra.

Y volverá a creer.

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