Las fallas del Tribunal Supremo de Elecciones ya no son una opinión ni una postura política: están documentadas

LA VOZ DE GOICOECHEA (Por Francisco Chacón, colaborador). En su más reciente visita de observación, la OEA señaló deficiencias en la transmisión de datos, problemas de trazabilidad, debilidades en la comunicación de resultados y la necesidad urgente de modernizar los procesos electorales. Es decir, lo que el TSE intenta minimizar en discursos, un organismo internacional lo dejó por escrito. Cuando hasta los observadores externos advierten grietas, insistir en la autosuficiencia raya en la irresponsabilidad institucional.
El caso de José María Figueres y su vuelo en avioneta a República Dominicana durante la campaña antepasada, es el ejemplo más burdo de esta decadencia. Un hecho político relevante, de interés público incuestionable, que el TSE decidió blindar bajo el velo del secreto, negándole a la ciudadanía el derecho a conocer quién financió, organizó y facilitó ese desplazamiento. No fue un tecnicismo legal: fue una decisión política del órgano electoral. Un árbitro que esconde información clave de un candidato presidencial deja de arbitrar y empieza a proteger.
A ello se suma una desigualdad estructural en el financiamiento electoral que el TSE tolera y administra sin corregir. Los partidos pequeños compiten sin recursos, sin visibilidad y sin condiciones mínimas de equidad, mientras las grandes maquinarias partidarias operan con ventajas históricas intactas. La OEA también ha advertido sobre estas asimetrías, pero el TSE responde con inercia. La neutralidad institucional no es quedarse inmóvil; es garantizar igualdad real. Y eso hoy no existe.
El problema se agrava con magistrados prácticamente enquistados, nombramientos prolongados que fomentan desconexión, endogamia institucional y resistencia al cambio. El reciente discurso de la presidenta del TSE fue un ejercicio de retórica defensiva, no una rendición de cuentas. Mal enfocado y malintencionado, intentó descalificar la crítica en lugar de responderla con hechos. Mientras el TSE siga ignorando las observaciones de la OEA, amparándose en el secretismo selectivo y negándose a reformarse, su credibilidad continuará erosionándose. Y cuando el árbitro pierde credibilidad, lo que se pone en duda no es una elección: es la democracia misma.