Salgamos a votar

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LA VOZ DE GOICOECHEA (Por Gerardo Alberto Pérez Obando (Gapo), columnista).- El abstencionismo. Reflexión cívica sobre sus causas, efectos, y caminos de reducción. Es la decisión de no participar en una elección, o consulta popular. Un fenómeno complejo que no se explica con una sola causa, ni se resuelve con solo una medida. A veces se interpreta, apresuradamente, como indiferencia, pereza, o desinterés. En otras, protesta silenciosa.

La realidad es que suele ser una mezcla de factores personales, sociales, e institucionales que se acumulan con el tiempo. Comprenderlo con serenidad es el primer paso para disminuirlo. Solo lo que se entiende puede atenderse con eficacia.

En las democracias contemporáneas, la participación electoral es una de las formas más visibles de la ciudadanía. No es la única, también lo son la deliberación pública, vigilancia del poder, organización comunitaria, acceso a la información, y el respeto por las reglas del juego, pero el acto de participar en una elección tiene una característica especial por las consecuencias, concretas y mensurables, en la distribución de responsabilidades públicas.

Cuando el abstencionismo crece, normalmente lo acompaña una sensación colectiva de distancia entre instituciones y ciudadanía. Una especie de “brecha” que debilita la confianza en el sistema.

Con frecuencia, el abstencionismo refleja una pregunta más profunda: “¿Para qué participar si nada cambia?” Esa idea puede nacer de experiencias acumuladas, promesas incumplidas, escándalos, decisiones públicas que no se explican bien, o parecen contradecir el interés general.

Cuando una parte de la población percibe que su voz no pesa, o que los resultados están “decididos” por otros, la motivación para participar se erosiona.

No siempre se trata de apatía; a veces es decepción.

Hay abstencionismos distintos. En el “pasivo”, la desconexión se debe a falta de información, cansancio, o creer que no entiende el tema. El “activo, se asume como gesto de protesta o rechazo.

En ambos casos, el efecto práctico es el mismo. El espacio público termina representando, con mayor intensidad, a quienes participan; dejando en la periferia a los que se ausentan.

Entre las razones más comunes del abstencionismo se encuentra la desconfianza y fatiga cívica. Cuando la ciudadanía percibe que las instituciones no responden, o el debate público se degrada en ataques y simplificaciones, se produce un desgaste emocional, convirtiendo a la política en un ruido o conflicto permanente. Esa fatiga puede llevar a desconectarse “para cuidar la paz personal”.

Desinformación y exceso de información. Paradójicamente hoy podemos estar desinformados, por falta de datos o saturación de mensajes contradictorios. Cuando no hay claridad, se impone el “mejor no me meto”, y el costo de informarse se percibe demasiado alto.

Obstáculos prácticos. Puede haber personas ausentes por razones logísticas de trabajo, transporte, cuido de familiares, enfermedad, distancia, o trámites no completados a tiempo. Barreras importantes porque muestran que el abstencionismo no siempre es una decisión ideológica, sino una consecuencia de condiciones de vida.

También existe una sensación de falta de propuestas. Si la ciudadanía percibe que las opciones no la representan, o las diferencias son mínimas, aparece la sensación que “todas son iguales”. Esa conclusión, puede ser discutible, pero existe y pesa.

Salgamos a votar para comenzar a luchar contra este mal endémico en que nos ha sumido la politiquería tradicional. En el aire se siente que la ciudadanía, lentamente va despertando ante los acontecimientos de este período presidencial que concluye.  

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