La ciudadanía como terapia del poder

LA VOZ DE GOICOECHEA (Por Consejo Editorial).- El poder, cuando no encuentra límites, tiende a deformarse. Puede volverse autorreferencial, complaciente y, en el peor de los casos, adicto a sí mismo. Y como ocurre con cualquier adicción, no se corrige con halagos ni con silencios cómodos, sino con un proceso constante de confrontación y control.
En política, ese proceso tiene un nombre claro: ciudadanía activa
Desde la psicología se sabe que ninguna conducta dañina se supera sin conciencia, sin límites y sin un entorno que deje de normalizarla. En la vida pública ocurre exactamente lo mismo. El poder que no es observado, cuestionado ni fiscalizado termina justificando lo injustificable. Se acostumbra a no rendir cuentas. Y cuando eso sucede, la democracia empieza a enfermar.
Por eso la ciudadanía no es un actor secundario ni un espectador pasivo del quehacer público. La ciudadanía es, o debería ser, el principal mecanismo de equilibrio. Preguntar, exigir explicaciones, participar en espacios públicos, fiscalizar decisiones y no conformarse con respuestas a medias no es confrontación irresponsable: es salud democrática.
El verdadero facilitador de los excesos no es la crítica, sino el silencio
Las instituciones no se corrigen solas. Los cargos públicos no se autorregulan por buena voluntad. Y el poder, cuando no encuentra límites externos, rara vez decide imponérselos. De ahí que la participación ciudadana no sea un estorbo administrativo ni un lujo opcional, sino una necesidad estructural para cualquier sociedad que aspire a gobernarse con responsabilidad.
Una ciudadanía organizada funciona como un espejo incómodo, pero necesario. Un espejo que revela contradicciones, expone incoherencias y recuerda una verdad básica que algunos prefieren olvidar: gobernar no es mandar, es rendir cuentas. Cuando ese espejo desaparece, el poder empieza a creerse infalible.
No se trata de confrontar por confrontar ni de convertir la crítica en odio. Se trata de responsabilidad compartida. Una democracia madura entiende que cuestionar fortalece, no debilita; que incomodar previene, no destruye.
Durante demasiado tiempo se nos hizo creer que exigir era molestar. Que preguntar era desestabilizar. Que participar era un exceso. Así se fue debilitando la vigilancia ciudadana, se fueron cerrando espacios y el poder —sin terapia— siguió acumulando síntomas.
La ciudadanía no sana al poder con aplausos
No lo corrige con silencio.
No lo fortalece obedeciendo.
Lo equilibra participando.
La pregunta de fondo no es si el poder puede volverse adictivo. La verdadera pregunta es si, como sociedad, estamos dispuestos a asumir el rol que nos corresponde: vigilar, exigir y participar. Porque cuando la ciudadanía renuncia a ese papel, alguien más toma el control. Y casi nunca lo devuelve voluntariamente.
En La Voz Goicoechea, este medio digital local y su Consejo Editorial hemos asumido con claridad nuestro deber cívico: fiscalizar, cuestionar y criticar cuando sea necesario. Sabemos que hacerlo incomoda. Sabemos que despierta inconformidades, ataques y, en algunos casos, amenazas de quienes no están acostumbrados a ser cuestionados. Aun así, no cambiaremos de rumbo.
Creemos firmemente que esta es la única vía para construir un mejor cantón y un mejor país.
Hoy extendemos una invitación directa a las ciudadanas y ciudadanos que aún permanecen en silencio —un silencio que un poder enfermo normalizó durante años— a sumarse a quienes exigen respuestas. Porque aceptar lo mismo de siempre solo conduce, inevitablemente, a los mismos resultados de siempre.
La democracia no se defiende sola. Se ejerce. Todos los días.