Columna de opinión: El Manual de presión que la ciudadanía rompió

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LA VOZ DE GOICOECHEA (Por Nabil Mouaffak, comunicador).- El libreto de la política tradicional está deshojándose a pasos agigantados. Durante décadas, un conjunto de tácticas de presión y control, sutiles y no tan sutiles, fueron los cimientos de su poder. Estas estrategias, diseñadas para mantener a la ciudadanía en un estado de pasividad resignada, funcionaron a la perfección en un ecosistema político clientelista y vertical.

Pero ese manual, ese conjunto de trucos psicológicos y operativos, ha caducado.

Hoy, la mayor señal del desconcierto de la vieja guardia es su insistencia en recurrir a esas mismas tácticas fallidas. Es como ver a un director de orquesta seguir agitando su batuta frente a músicos que ya han guardado sus instrumentos.

1. La táctica del miedo y la amenaza

La amenaza ha sido históricamente la moneda de cambio más fuerte. No hablamos solo de la amenaza directa, sino de la “advertencia disfrazada”:

La presión económica: El clásico “Si votan por la alternativa, se caerá la economía”, o “Si no siguen las reglas, perderán los beneficios sociales”. Antes, esto paralizaba. Hoy, la gente ha evaluado el costo de seguir igual (corrupción, estancamiento) y ha concluido que el riesgo del cambio es menor que la certeza de la miseria actual.

La invocación al caos: La idea de que el cambio solo traerá ingobernabilidad y desorden. La respuesta ciudadana es simple: el caos ya existe, manifestado en la ineficiencia crónica y la impunidad de los poderosos.

2. La descalificación sistemática del oponente y del ciudadano

Cuando la política tradicional no puede ganar con argumentos, recurre a la táctica de la desmoralización:

El estigma del “revoltoso” o “fanático”: La descalificación no va solo contra el líder alternativo, sino contra sus seguidores. Se busca sembrar la duda sobre la capacidad de juicio del ciudadano común. Les llaman “focas”, “siervos ignorantes” o “manipulados”.

¿Por qué falla ahora? La ciudadanía, armada con información y redes sociales, ya no acepta que un político que no ha resuelto problemas básicos el acuse de ignorante. El desdén y la soberbia que emanan de estas etiquetas solo aumentan la brecha y fortalecen la identidad del votante de cambio. La gente prefiere ser llamada “fanática” por una causa genuina que “dócil” por una causa corrupta.

3. El chantaje del clientelismo explícito

El clientelismo es la táctica más operativa y tangible, pero también la más degradante:

La promesa de la dádiva: La entrega de bienes materiales (canastas básicas, materiales de construcción, dinero en efectivo) a cambio de la lealtad electoral.

¿Por qué se debilita? Aunque tristemente persiste, su efectividad se reduce en la medida en que la gente comprende la ecuación: el beneficio de un solo día (la dádiva) no compensa el perjuicio de cuatro años (la mala gestión). El clientelismo se expone como lo que realmente es: el soborno de la necesidad, un insulto a la dignidad. El ciudadano ya no busca un favor, sino una solución sistémica.

4. La tiranía del “así es el sistema”

Una de las presiones más dañinas es la resignación que impone el “status quo”:

“No entiendes cómo funciona la política”: Esta frase es un intento de silenciar la crítica y deslegitimar la búsqueda de soluciones innovadoras. El mensaje implícito es: “Acepta la corrupción y la lentitud, son el precio de la estabilidad”.

La respuesta del pueblo despierto: El pueblo está respondiendo con una verdad incómoda: “Entiendo perfectamente cómo funciona el sistema… y por eso exijo que funcione diferente.”

El gran error de cálculo de la política tradicional es haber subestimado la capacidad de aguante y, sobre todo, la capacidad de aprendizaje del ciudadano. La gente ya no teme perder lo que nunca tuvo (un sistema justo y transparente).

Hoy, las presiones y amenazas solo sirven para recordarle al elector quiénes son los verdaderos responsables del estancamiento. El manual de la vieja política ha sido arrojado a la papelera.

El mensaje final es claro: la política que no evolucione y no se adapte a la exigencia de dignidad, transparencia e innovación del pueblo, no solo perderá elecciones, sino que se volverá irrelevante.

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