Los murciélagos del bosque viejo

LA VOZ DE GOICOECHEA (Por Jose Cruz, columnista).- En lo más profundo de la selva, donde el aire huele a tierra húmeda y fruto maduro, vive una comunidad de campesinos que, generación tras generación, han cuidado el bosque como quien cuida a un hijo.
Ellos siembran, podan, limpian, conversan con los pájaros y agradecen a la lluvia. La selva les responde con frutos dulces y sombra fresca para descansar.
Pero no todos en ese bosque aman la luz.
En la parte más honda y enmarañada, donde el río deja de cantar y el viento evita pasar, habita una banda de tres murciélagos. No son murciélagos cualesquiera. Son viejos, astutos y nocturnos en su espíritu y en su moral. Se les conoce como los Guardianes del Sacrificio, aunque en realidad no guardan nada —solo toman.
Tienen un modo particular de actuar: Nunca aparecen cuando el sol está alto. No conocen la transparencia del día. No soportan que se les vea de frente.
Prefieren la noche, cuando la selva duerme, y la oscuridad puede esconder intenciones.
Los tres murciélagos recorrían la selva susurrando entre sombras, buscando a los campesinos cuando estos estaban solos. Los llamaban aparte, lejos de la comunidad, lejos de la hoguera, lejos de las conversaciones. Y allí, en el murmullo húmedo de la noche, les decían:
—Puedes seguir sembrando tus plantas, podando tus ramas, recogiendo tus frutos…
—Pero solo si ofreces el sacrificio.
—Nada es gratis en este bosque.
El sacrificio no era una ofrenda simbólica. No era un canto. No era una flor. Era sangre.
Cuantas más frutas los campesinos recogieran para sus familias, más sangre tenían que dejar.
Esa era la regla. Una regla creada por ellos, los murciélagos, para mantener su poder en la oscuridad. Una regla que no se decía bajo la luz del día. Porque, como buenos murciélagos, la luz les quemaba la cara y la verdad les incomodaba el alma.
Al principio, los campesinos aceptaban. No porque creyeran en el Dios del Bosque que los murciélagos invocaban, sino porque tenían miedo.
Miedo a perder los frutos. Miedo a que les dijeran que ya no podían cosechar. Miedo a que el bosque se les cerrara.
Y así, la selva comenzó a teñirse de silencios pesados. Silencios de resignación. Silencios que se guardan en la garganta porque la noche vigila.
Un día, una niña de manos pequeñas y mirada clara preguntó: —¿Por qué damos nuestra sangre si la selva nos da los frutos con amor?
Los campesinos no supieron responder. Porque la verdad era dolorosamente simple:
No era la selva quien pedía sangre. Eran los murciélagos.
Y la selva no pertenece a quien exige oscuridad, sino a quien siembra bajo el sol.
Así que, cada vez que escuchas en la noche un murmullo que dice “ven, solo un poquito de tu sangre”, recuerda:
Los frutos no se pagan con dolor. La vida no se negocia con miedo. La oscuridad solo gobierna mientras la luz duerme.
Y la luz, tarde o temprano, amanece.