Buena nota, papi!

LA VOZ DE GOICOECHEA (Por Nabil Mouaffak).- En el puro corazón de Guadalupe centro, donde la calle huele a mañanas tibias y a café recién colado, vivía un tío muy querido por el barrio. Todos lo conocen. No tiene letrero grande, ni luces, ni promociones: solo una ventanita y unas empanadas de carne mechada que parecen hechas con cariño de mamá y paciencia de abuelo.
Ese tío siempre ha sido de los buenos: paga impuestos, paga patente, da factura, colabora en las actividades del barrio, se sienta en la silla plástica afuera a conversar, como quien quiere a su gente.
Y aunque la vida lo apretó más de una vez, siempre repitió con orgullo: “Yo nací aquí. Yo aquí me quedo. Aquí trabajé y aquí levanto lo mío, honradito.”
Pero un día el barrio cambió. Llegaron las líneas blancas en el asfalto, numeradas, relucientes, uniformadas, bonitas… pero frías. Llegaron con promesa de “orden”. Pero el orden, cuando viene sin alma, sin barrio y sin criterio, se llama traba.
Desde entonces, la gente que antes se parqueaba dos minutos para comprar su empanadita caliente, comenzó a pensarlo dos veces:
¿Voy a pagar parqueo y arriesgarme a multa por una empanada?
La respuesta fue sencilla: no.
Y aquí viene la parte más dolorosa: mientras para un asalto, un robo o una bronca real la policía municipal ni se asoma, para un carro que se estaciona 30 segundos aparecen como si tuvieran radar en el corazón.
Ni el chofer ha terminado de cerrar la puerta y ya están revisando placa, celular en mano, y multa lista para imprimir.
El tío respiraba hondo. “Todo sea por el progreso”, decía. Pero cada día vendía menos.
La cosa se puso peor cuando vio cómo estaba el vecino del localcito de al lado: un muchacho con fotocopiadora, pagando alquiler altísimo, luchando por pagar la patente, la Caja, la luz… Y ahora nadie entra.
Porque ¿quién va a pagar multa por sacar una fotocopia de 40 colones? Nadie, papi. Nadie.
El tío aguantó. Porque el guadalupano es terco con amor.
Pero un día, entre café y conversación, se enteró del detalle que le terminó de partir el alma: La plata de los parquímetros no se queda en el cantón.
Solo una parte chiquitica llega a la Municipalidad. La tajada grande, la buena, la empanada bien rellena… se la lleva una empresa privada dueña del software.
Una empresa que no conoce el barrio, ni la abuela que compraba empanadas todos los jueves, ni el chiquito que iba por la moneda del mandado. Una empresa que no ve gente: solo ve placas y cobros.
Y ahí el tío, que siempre fue tranquilo, murmuró apenas: “Yo pago la patente. Yo pago impuestos. Yo sostengo empleo, barrio y tradición. ¿Y resulta ser que la calle donde trabajo… no es para mí, sino para que otro cobre por usarla?”
No se trata de estar en contra del orden. Ni del parqueo regulado. Ni del desarrollo.
Se trata de preguntarnos:
¿Está el progreso sirviendo a la gente del cantón o sacándola poco a poco?
¿Quién se beneficia de verdad?
¿Cuánto le está costando este “orden” a la vida cotidiana, la cultura del barrio, la economía local?
Porque si las políticas públicas empiezan a asfixiar a los honestos, mientras los de siempre se reparten la empanada más grande… entonces, mi hermano, no es progreso. Es negocio. Y no para nosotros.
