El papel de los Concejos Municipales: pesos, contrapesos y democracia local

LA VOZ DE GOICOECHEA (Por Nelson Salazar Agüero, ex regidor y asesor legislativo).- La existencia de los Concejos Municipales se sustenta sobre tres pilares fundamentales: el constitucional, el legal y el democrático. El Concejo Municipal existe porque la Constitución establece expresamente la autonomía de los gobiernos locales y su carácter democrático. Es, en esencia, uno de los mecanismos mediante los cuales cada cantón participa en la gestión de sus propios asuntos, a través de representantes elegidos libremente por sus habitantes para discutir, analizar y decidir sobre lo que afecta a la comunidad. Además, el Concejo cumple una función insustituible: evitar la concentración del poder en la Alcaldía y garantizar que las decisiones municipales se adopten de manera colegiada, deliberativa y transparente.
Sin embargo, cuando la relación entre el Concejo y la Alcaldía se transforma en una alianza política permanente y acrítica, se debilita de raíz el principio de pesos y contrapesos. Y es precisamente en ese punto donde comienzan los verdaderos problemas para la democracia local.
En un régimen municipal democrático, ambos órganos deben colaborar con lealtad en favor del bienestar común, pero sin confundir ni renunciar a sus funciones propias. El Concejo no está llamado simplemente a dar respaldo automático a la gestión de la Alcaldía; su deber es también fiscalizar, cuestionar, debatir con libertad y ejercer el control político que la ley y la ciudadanía le han confiado.
El problema de fondo se resume en una sola palabra: concentración. Imaginemos por un instante que los poderes Ejecutivo y Legislativo fueran prácticamente uno mismo: quien gobierna propone y los demás se limitan a levantar la mano sin discutir ni examinar. Salvando las distancias institucionales, algo muy parecido puede ocurrir en el ámbito municipal cuando un Concejo deja de ejercer su labor fiscalizadora y se convierte en un mero órgano de aprobación automática.
Esa pérdida de independencia puede abrir las puertas al clientelismo político municipal, especialmente cuando las decisiones se toman pensando más en intereses partidarios o particulares que en el bienestar colectivo al que deben servir.
La distinción esencial
Cabe precisar algo importante: mantener una relación cordial no es el problema. El problema surge cuando esa cercanía se convierte en complicidad.
Un Concejo sano puede sostener fuertes discrepancias con la Alcaldía, debatirlas públicamente y ejercer una fiscalización rigurosa y respetuosa. Pero una vez que el órgano ha tomado una decisión, ambos pueden y deben trabajar de consuno por el progreso del cantón. Esa es la colaboración que fortalece la democracia.
Por el contrario, un Concejo que renuncia a su función fiscalizadora termina aprobándolo todo sin analizar, sin cuestionar y sin exigir cuentas a quien corresponde.
Por eso resulta tan necesario que la ciudadanía asista a las sesiones municipales. Son espacios públicos por excelencia, donde los vecinos pueden observar directamente cómo se toman las decisiones, quién cuestiona con fundamento, quién fiscaliza y quién simplemente levanta la mano.
Porque en democracia, el poder necesita límites, requiere controles efectivos y, sobre todo, exige una ciudadanía vigilante. Sin eso, la autonomía municipal corre el riesgo de quedar reducida a una simple formalidad.