La Política al Servicio de la Dignidad Humana

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LA VOZ DE GOICOECHEA (Por Vladimir León Castillo).- Con frecuencia se afirma que quienes aspiran a ocupar un cargo público deben contar con estudios, experiencia, preparación académica y un amplio conocimiento de la administración y la política. Es una exigencia razonable. La formación brinda herramientas para comprender las leyes, administrar correctamente los recursos públicos, formular proyectos y tomar decisiones responsables.

Sin embargo, existe una cualidad todavía más profunda que no se adquiere en una universidad ni se acredita mediante un título: la sensibilidad humana.

Se trata de esa chispa divina que habita en el corazón de cada persona y que se manifiesta por medio de la compasión, la honestidad, la solidaridad, la justicia y el deseo genuino de servir al prójimo. Esa luz interior es la que permite que una persona no vea únicamente expedientes, estadísticas, presupuestos o votos, sino seres humanos con necesidades, sueños y derechos.

De poco sirven los títulos universitarios cuando el corazón permanece indiferente ante el sufrimiento del pueblo. De poco sirve dominar las leyes cuando se olvida que su finalidad debe ser proteger la dignidad de las personas. La inteligencia sin valores puede utilizarse para construir poder, controlar instituciones o defender intereses particulares; pero solamente una inteligencia guiada por principios puede contribuir a construir una sociedad verdaderamente justa y humana.

Un reconocido pensamiento espiritual señala que es necesario cristianizar la política y no permitir que la política cristianice el Evangelio. Esta expresión merece una reflexión profunda. No se trata de imponer una religión desde el Estado ni de utilizar la fe como instrumento electoral. Se trata de incorporar al servicio público valores universales como la verdad, la justicia, la misericordia, la honestidad, el respeto, la solidaridad y el amor al prójimo.

Cuando la política intenta apropiarse de la religión para obtener votos, justificar privilegios o construir una imagen de superioridad moral, se corre el riesgo de convertir la fe en propaganda. Por el contrario, cuando los valores espirituales transforman la manera de ejercer la política, el poder deja de ser un medio de beneficio personal y se convierte en una herramienta para servir.

Es cierto que, a lo largo de la historia, muchas personas que se han presentado como religiosas han participado en la política sin actuar conforme a los principios que públicamente profesaban. Algunas utilizaron el nombre de Dios mientras practicaban la injusticia, la corrupción, la discriminación o el abuso de poder. Sin embargo, los

Errores y contradicciones de ciertas personas no deben llevarnos a renunciar a los valores.

La verdad continúa siendo necesaria. La justicia sigue siendo indispensable. La solidaridad continúa siendo una obligación moral. Y el servicio sincero permanece como uno de los ideales más elevados de la política.

Tampoco se trata de enfrentar la preparación académica con la espiritualidad. Ambas deben caminar de la mano. Una sociedad necesita profesionales capaces de elaborar políticas públicas, administrar presupuestos y resolver problemas complejos, pero también necesita seres humanos sensibles, capaces de mirar a los ojos al agricultor, al trabajador, al adulto mayor, a la madre que sostiene sola a su familia, al joven que busca su primera oportunidad laboral y a quienes viven en condiciones de pobreza o exclusión.

La preparación técnica permite comprender los problemas, pero la conciencia humana permite reconocer su urgencia. El conocimiento puede indicar cuál es la solución más eficiente, mientras que la ética recuerda que ninguna decisión debe abandonar a las personas más vulnerables.

Cuando la inteligencia se une con la conciencia, cuando el conocimiento se encuentra con la ética y cuando la preparación se acompaña de compasión, nace el verdadero servidor público. Ese líder comprende que el poder no es un premio, una propiedad personal ni un privilegio para favorecer a familiares, amigos o grupos cercanos. Es una responsabilidad temporal que debe ejercerse para servir a toda la comunidad.

Goicoechea necesita mujeres y hombres preparados, honestos y capaces. Pero, sobre todo, necesita personas con una conciencia profundamente humana y cristiana, entendida como una experiencia auténtica de amor al prójimo, respeto por la dignidad de cada habitante y compromiso firme con quienes más necesitan del apoyo institucional.

El cantón no requiere únicamente discursos bien elaborados, títulos colocados en una pared o promesas pronunciadas durante las campañas electorales. Requiere autoridades que escuchen, que recorran las comunidades, que comprendan las necesidades reales de sus habitantes y que administren los recursos públicos con honestidad, transparencia y sensibilidad social.

Las grandes transformaciones no nacen únicamente de una mente brillante. Nacen también de un corazón dispuesto a escuchar, a acompañar, a reconocer sus errores y a trabajar por el bienestar colectivo.

La política recuperará su verdadera grandeza cuando deje de ser vista como un camino para alcanzar poder y vuelva a comprenderse como una vocación de servicio. Porque gobernar no debería significar estar por encima del pueblo, sino colocarse a su lado, defender su dignidad y trabajar incansablemente por el bien común.

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