+100 razones para NO votar por la izquierda en estas elecciones 2026

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LA VOZ DE GOICOECHEA (Por María Lucía Arias*).- Hay una trampa que la izquierda ha perfeccionado en América Latina: venderse como una superioridad moral. No como un programa de gobierno, no como una forma de administrar un país, sino como una etiqueta de “buenas intenciones” que nos obliga a callarnos si no queremos quedar como malas personas. Y esa es justamente la primera alarma. Porque cuando una ideología necesita inmunidad ética para funcionar, es porque no quiere que le midan los resultados. Quiere que le midan el discurso.

En campaña, la izquierda siempre promete lo mismo: que va a “proteger”, que va a “regular”, que va a “garantizar derechos”, que va a “poner al pueblo primero”. Suena lindísimo. El problema es que, cuando uno baja del afiche y se mete a la vida real, esas promesas se traducen en distorsiones que encarecen el costo de vida, un Estado que se agranda sin volverse mejor, y un control cultural que se cuela por la puerta de atrás mientras nos distraen con consignas.

Arranquemos por lo que la gente siente sin necesidad de un doctorado: el precio de vivir. La izquierda tiene debilidad por los atajos. Control de precios aquí, arancel allá, restricciones al capital por si acaso, “protección” a la industria nacional, aunque sea mala, cara y perezosa. Y siempre con el mismo cuento, que lo hacen por el consumidor. Pero los controles de precios no son magia, son una orden administrativa contra la realidad. Si fijan un precio por debajo de lo que cuesta producir o importar, no “ganó el pueblo”, desapareció el producto o se degradó la calidad. Luego llega el mercado negro, llega el favor político, llega la fila, llega el “solo para conocidos”. Y el que paga la fiesta es el que no tiene contactos.

Además, el proteccionismo se vende como patriotismo, pero termina siendo una transferencia silenciosa desde los bolsillos de todos hacía unos pocos protegidos. Para el que tiene plata, el sobreprecio es molestia. Para el pobre, es comida, es transporte, es útiles escolares. Al final la izquierda nos cobra el impuesto más cruel, que es el impuesto escondido en los precios.

Después viene la obsesión con “la ganancia” como pecado. Esa narrativa suena noble en redes, pero en un país real es dinamita. Si tratan al empresario como sospechoso por defecto, si convierten la inversión en un acto moralmente dudoso, si pintan el éxito como “inmoral”, lo que están haciendo es matar aspiraciones. Y ojo, no es romanticismo pro empresa. Es simple, sin inversión no hay productividad, sin productividad no hay salarios reales, sin salarios reales la gente no sale adelante. Entonces la izquierda termina prometiendo más gasto sin crear más riqueza, y ahí solo hay dos caminos clásicos: inflación o deuda. Imprimir dinero para “reactivar” sin productividad detrás no crea prosperidad, licua sueldos. Y endeudarse como si el futuro fuera infinito no es “justicia social”, es hipotecar a los que hoy todavía ni votan.

En Costa Rica, esto pega doble porque ya vivimos con una carga tributaria pesada y además con una complejidad que castiga al formal. Cuando la respuesta automática ante cualquier problema es “subamos impuestos”, lo que se premia es la ineficiencia. Peor todavía, un sistema tributario enredado es una máquina de desigualdad: el que tiene abogados, contactos y estructura, negocia y se defiende; el pequeño comerciante, el profesional independiente, la pyme, paga completo o se asfixia. Y a partir de eso crece la informalidad, no por cultura, sino por supervivencia. La izquierda le llama “protección” a encarecer contratar y operar legalmente, pero el resultado es que los más vulnerables se quedan fuera del mercado: jóvenes sin experiencia, gente que necesita un primer chance, adultos mayores que ya no calzan en el modelo ideal de planilla perfecta. La rigidez laboral puede sonar humana, pero cuando se impone a fuerza de ley sin mirar productividad, se vuelve una puerta cerrada con rótulo bonito.

A estas alturas, la izquierda suele responder todo con su frase favorita: más Estado. Más instituciones, más consejos, más comisiones, más oficinas, más jerarquías. Suena moderno decir que hay un ente para cada causa, como si la existencia del escritorio resolviera el problema. Pero un Estado grande sin freno es el botín perfecto. Mientras más plata maneja, mientras más puestos reparte, más tentación hay de capturarlo. Y la captura rara vez se ve como corrupción de película, a veces es algo más cotidiano: el clientelismo vestido de política social, el programa que no mide resultados porque lo importante es que dé réditos electorales, el subsidio sin salida que amarra a la gente a la ventanilla y al político, no a la movilidad social.

Porque esa es otra verdad que casi nadie dice en campaña: la movilidad social no nace de discursos. Nace de educación útil y empleo. Y ahí la izquierda comete uno de sus pecados más caros, confundir presupuesto con reforma. En educación, se empuja ideología y se descuida lo básico. Se convierte el aula en campo de batalla cultural mientras matemáticas, ciencias y habilidades reales se caen a pedazos. Y cuando alguien pide gestión, evaluación, calidad, control, lo tratan como enemigo del “derecho a la educación pública”. Pero más plata sin reforma es echar agua en un balde roto. En universidades públicas, además, se normaliza que ciertos grupos radicales de izquierda actúen como dueños de los espacios y que disentir nos convierta en blanco. Eso no es libertad académica.

Y aquí viene el punto que me parece más importante señalar: el progresismo no se conforma con administrar, quiere mandar sobre lo que pensás y sobre cómo hablas. La cultura de cancelación es autoritarismo social. Se vende como “responsabilidad”, pero funciona como amenaza. Si disentimos, no nos responden, nos etiquetan. Si cuestionamos una política pública, no debaten evidencia, nos atacan moralmente. Y cuando esa lógica se mete al Estado, lo que aparece es el control cultural: “perspectivas obligatorias” que dejan de ser pluralismo para convertirse en ideología oficial, vocabularios impuestos bajo amenaza de sanción, burocracias que se creen jueces morales. Al final, tanto ondean las banderas del antifascismo y terminan apoyándolos.

A eso súmenle el tema del debido proceso, que en tiempos de histeria moral se vuelve la primera víctima. En asuntos sensibles, la justicia no puede ser un linchamiento mediático. El derecho funciona con evidencia, reglas y garantías para todos, no con eslóganes bonitos solo en el papel. Cuando se empuja el “te creo siempre” como política pública, lo que se hace es abrir la puerta a arbitrariedades. Y lo trágico es que, en nombre de causas populares, se normaliza una idea peligrosísima, que los fines justifican los medios. Y cuando un país acepta eso, ya no hay freno para nada, porque cualquier abuso se puede vender como “por el bien de la gente”.

Ahora, llevemos esto al tema más urgente de la Costa Rica del 2026: seguridad. Aquí la izquierda suele caer en otra comodidad intelectual, para reducir el crimen solo hay que reducir la desigualdad, pero en lo que sus políticas sociales maduran, el crimen organizado hoy recluta. Mientras el Estado discute comisiones, los narcos hoy consolidan rutas. Los “abrazos no balazos” baja el riesgo de delinquir, y eso es exactamente lo que una red criminal necesita para expandirse. Además, la izquierda cae en discursos para una romantización de las “causas” por el crimen, pero lo que termina es destruyendo la responsabilidad individual, y sin consecuencias la paz social se rompe. Al final del día, el más vulnerable, las personas inocentes quedan expuestas, porque el que sigue la ley y se gana las cosas honradamente, termina siendo víctima de las bandas criminales.

Con migración pasa algo parecido, se confunde control con odio, y eso le hace un daño brutal a la gente migrante. Un Estado que no controla entradas, rutas y registros no es más humano, es más útil para coyotes, trata y mafias. La migración desordenada se vuelve negocio criminal. Y prometer “acceso pleno inmediato” sin capacidad institucional no solo revienta servicios, también crea tensiones sociales y deja el terreno listo para que bandas recluten y laven. Control migratorio serio no es xenofobia, es soberanía básica. Saber quién entra, por dónde, con qué antecedentes y con qué ruta de integración. Fingir que eso no importa es regalarle el tema a los peores populistas.

Y cuando todo empieza a fallar, viene la fase más peligrosa. La izquierda populista rara vez dice “me equivoqué”. Dice “me falta poder”. Entonces arranca con la excusa de “democratizar” instituciones, que suena precioso hasta que entendemos lo que significa en la práctica: capturarlas. Politizar fiscalías, tribunales, contralorías, cambiar la meritocracia por lealtad, usar el aparato estatal como escudo de impunidad. La independencia judicial no es un capricho fascista como dicen ellos, es lo que impide que el poder nos aplaste cuando se les antoje. Y en América Latina ya vimos demasiadas veces la misma historia: atajos, concentración, enemigos inventados, prensa tratada como obstáculo, restricciones “contra la desinformación” que son directamente censura.

Por cierto, la izquierda también tiene un talento especial para los dobles estándares. Habla de derechos humanos con voz solemne hasta que el abusador es “de los suyos”. Habla de democracia hasta que la dictadura es aliada. Habla de pluralismo hasta que el pluralismo incluye una opinión que no les gusta. Y esa selectividad no es un detalle, es el veneno que revienta la credibilidad moral de todo el sistema de derechos. Porque si los principios son negociables según el color político, entonces no son principios, son excusas.

Lo que queda, al final, es una pregunta simple para cualquiera que quiera votar con la cabeza fría y no con el corazón manipulado: ¿de verdad quieren entregar más poder, más plata y más control cultural a los mismos que te prometen que todo será “por nuestro bien”, pero se resisten a medir resultados, a recortar privilegios, a simplificar, a evaluar, a despedir al inútil, a cerrar portillos, a poner orden donde duele? Porque expandir Estado, impuestos y burocracia es fácil de vender. Lo carísimo es desarmarlo cuando ya se instaló y cuando nuestra vida diaria depende más del burócrata que de nuestro esfuerzo. Como bien dice la frase “El camino al infierno está pavimentado con buenas intenciones”, que nunca se nos olvide.

*Estudiante de Economía y Ciencias Actuariales

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