OPINION: ¡Me van a oír!

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LA VOZ DE GOICOECOECHEA (Por Gerardo A. Pérez Obando (Gapo), escritor(. Durante mi adolescencia, un amigo de la familia —que no tenía hijos de mi edad— le pidió permiso a mi madre para llevarme al paseo de fin de año organizado por la junta directiva de su trabajo.

Vivíamos en la colonia Rodrigo Facio Brenes, en Ipís de Goicoechea, y yo aún extrañaba mi imperecedera infancia en las fincas bananeras de Palmar Sur de Osa. Especialmente mi inolvidable Finca Cinco, donde no importaba a mi generación no tener cinco céntimos en el bolsillo, porque desconocíamos el valor del dinero.

La estación del Ferrocarril Eléctrico a Puntarenas pronto se fue colmando de viajeros.

A la par de mi mentor comencé a disfrutar del ambiente, y él me cedió amablemente la ventana para que disfrutara del viaje. Desde allí observaba, curioso, la particular composición de los vagones: la mayoría estaba ocupada por funcionarias y funcionarios —y sus familias— pertenecientes a la institución organizadora del paseo.

Por cosas del destino, a mi mentor le asignaron precisamente el vagón donde viajaban los representantes de la junta organizadora: empleados del Poder Judicial.

Apenas el tren dio sus primeros chirridos sobre los polines, las conversaciones se encendieron como si hubiesen estado esperando ese momento.

Comenzaron a discutir, en tono informal pero sorprendentemente puntual, asuntos que yo, pese a mi atención juvenil, nunca llegué a comprender del todo.

Al cierre del primer tema, emergió una voz chillona que interrumpió el murmullo general:

—Me van a oír en la próxima asamblea cuando lo denuncie formalmente.

La discusión siguió su curso, y al finalizar cada punto, como campanada repetida, se volvía a escuchar:

“—Me van a oír…”

Tres meses después del paseo, mi tutor, don José Varela (+), me preguntó:

—¿Te acordás de “me van a oír”?

Sonreí.

—¿A quién de los que estuvimos ahí se le iba a olvidar?

—A ninguno —respondió con pesar—, salvo que ya no lo volveremos a escuchar. Hoy lo enterramos.

La vida nos lleva por caminos que a veces no queremos. El Ferrocarril Eléctrico a Puntarenas ya no existe.

¿Valdrá la pena tanta soberbia en algunas personas?

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