Navidad cívica y Año Nuevo constitucional: recuperar la esperanza en Costa Rica

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Una serie para pensar el país que somos, y el que queremos ser

En Costa Rica, la Navidad nunca ha sido solo una fecha. Es una forma de recordarnos que la paz, la solidaridad, y la palabra empeñada son valores que han sostenido nuestra historia. Iniciando un nuevo año, el espíritu navideño nos invita a mirar hacia adentro, reconocer lo que hemos perdido…y lo que aún podemos recuperar

LA VOZ DE GOICOECHEA (Por Gerardo A. Pérez Obando (Gapo), columnista) La Navidad no es un ruido de compras ni una carrera de luces. Es la pausa íntima que enseña que comunidad no es simple vecindad, sino el acuerdo silencioso de cuidarnos. En las montañas, en los barrios, en los mercados, las manos que comparten tamales se parecen más a un pacto que a un gesto, “aquí nadie queda solo”, pero ese pacto cultural, también ha sido político.

Durante décadas nuestro país eligió la paz como método, y la Constitución como lenguaje. No es casualidad que nuestros portales estén rodeados de historias de familia y escuelas abiertas. Entendimos que el derecho a estudiar, trabajar, y a disentir sin miedo, hacían posible el café compartido y el abrazo seguro. Esa cultura del cuidado es el humus de la República, sin ella, las instituciones se vuelven letras muertas, pero el año que despedimos deja una pregunta incómoda: ¿habremos respetado el espíritu que permitió al País vivir en paz? En la Navidad, la palabra vale. En democracia, la palabra constitucional marca límites. Cuando la promesa se empeña y se cumple la confianza crece. Cuando se rompe, el tejido se deshilacha. Cuidarla no es formalismo porque se trata del fondo donde están los derechos, las garantías y la posibilidad del desacuerdo sin ruptura.

Este diciembre no fue solo adorno sino memoria. El recuerdo del pesebre humilde que machaca que el poder no se inventó para dominar, sino para servir, que la ley protege primero a los más vulnerables, que la institucionalidad no es obstáculo sino garantía, como la puerta que cerramos por la noche para dormir en paz.

Si la Navidad enseña algo, es que el milagro no es espectacular sino cotidiano, como escuchar al otro, cumplir la ley, dialogar sin humillar, y esos prodigios son los que tenemos que llevar como faroles, este enero que se abre. Entraremos al año 2026 con la serenidad que da saber que hay cosas que no se negocian, como la dignidad de una prensa sin intereses políticos ni económicos, instituciones que respeten al pueblo y a la Constitución como corresponde, dejando de lado su interpretación personal y pasajera.

Importante que cada familia en su mesa, preguntemos que país vamos a entregar cuando partamos de la vida terrenal, uno donde el grito sustituya a la norma y la improvisación al oficio, u otro, donde recuperar la palabra empeñada sea el primer acto político. La respuesta no está en un discurso, está en nuestra disposición a sostener límites y exigir cuentas con serenidad y firmeza. La Navidad no es un cierre, es un comienzo.

Que el Niño en el pesebre recuerde que la fuerza de Costa Rica no está en la grandilocuencia sino en la decencia. En saber que el poder sin límites es miedo, y el límite legítimo, la Constitución, es lo que vuelve al poder como servicio, no amenaza.

Volver a nombrar las cosas con precisión es parte del renacer, llamar control al control, respeto al respeto, servicio al servicio. La Navidad es el pacto silencioso de cuidarnos. La Constitución es la palabra empeñada de la democracia. El poder sin límites es miedo; el límite legítimo es servicio.

Este fin e inicio de año tratemos de hacer la promesa de volver a ser nosotra/os. Cuidar la ley como al pan caliente, al diálogo como la llama de una vela porque si la Navidad nos recuerda quiénes somos, el nuevo año, posiblemente exigirá demostrarlo. https://www.youtube.com/watch?v=_yqOqnCWXak.-

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