Bienestar animal a conveniencia: la incoherencia municipal que ya no se puede justificar

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LA VOZ DE GOICOECHEA (Por Isela Aguirre Chavarría).- En los últimos años, los gobiernos locales del país han dado pasos importantes en materia de bienestar animal. Varias municipalidades han creado oficinas especializadas, impulsan campañas educativas y destinan recursos públicos a programas de esterilización y tenencia responsable. Estos avances, sin duda, merecen reconocimiento.

Sin embargo, esa narrativa de progreso se derrumba cuando las mismas instituciones que se presentan como defensoras del bienestar animal autorizan, promueven o respaldan actividades como los topes de caballos, las corridas de toros y los desfiles de boyeros. Eventos donde el estrés, las lesiones y, en no pocas ocasiones, la muerte de los animales, no son accidentes aislados, sino consecuencias previsibles.

La pregunta es inevitable:

¿Cómo puede una institución que se autodefine como promotora del bienestar animal avalar prácticas que lo contradicen abiertamente?

Esta contradicción responde a lo que especialistas han denominado especismo institucional o bienestar selectivo: políticas públicas que protegen a unas especies —principalmente perros y gatos— mientras excluyen deliberadamente a otras, como caballos y toros. Se castiga el maltrato a una mascota, pero se tolera e incluso se celebra cuando el sufrimiento ocurre bajo el disfraz de la tradición.

El mensaje que se transmite es profundamente incoherente. Se educa en compasión durante el año y se legitima la violencia en nombre del entretenimiento durante las fiestas cantonales. Esta ética fragmentada no es inocua y tiene consecuencias claras:

Primero, erosiona la credibilidad institucional. La ciudadanía percibe la incoherencia y comienza a desconfiar de los programas municipales de bienestar animal.

Segundo, genera un retroceso educativo, enseñando a las nuevas generaciones que la empatía depende de la especie involucrada.

Tercero, aleja al país de estándares internacionales de bienestar animal y sostenibilidad, cada vez más exigidos a nivel global.

Cuarto, expone un uso contradictorio del gasto público, al financiar campañas de concientización mientras se autorizan actividades que provocan sufrimiento.

Y finalmente, normaliza la violencia, contribuyendo a un desgaste ético que debilita la empatía social.

No puede hablarse de bienestar animal verdadero mientras las políticas sigan siendo selectivas. Por ello, las municipalidades están llamadas a ir más allá del mínimo legal y actuar desde la coherencia ética. Invertir en educación y esterilización es un avance, pero permitir espectáculos basados en el dolor de un ser vivo —bajo la idea de que “activan la economía del cantón”— es una contradicción que frena el progreso moral y cultural del país.

El cambio real no depende únicamente de nuevas leyes, sino de autoridades dispuestas a escuchar lo que la ética viene señalando desde hace años. El verdadero liderazgo no se demuestra defendiendo lo popular, sino asumiendo decisiones responsables, incluso cuando incomodan. Cada vez que un Concejo Municipal o una alcaldía aprueba este tipo de actividades, el país retrocede en materia de bienestar animal

Es necesario visibilizar una verdad incómoda: las municipalidades no son espectadoras inocentes cuando autorizan estos eventos. Sin sus permisos, muchos de estos espectáculos simplemente no podrían realizarse. Pretender que la responsabilidad recae únicamente en los organizadores es una forma cómoda de evadir el deber político y moral. El aval municipal es legal, pero también ético y simbólico.

Quien autoriza el maltrato es tan responsable como quien lo ejecuta

No se trata solo de cultura, tradición o identidad nacional. También se trata de la cómoda idea de que, mientras la ley no cambie, el sufrimiento puede seguir explotándose sin consecuencias, con el apoyo adicional de algunos medios de comunicación que lo legitiman y lo transmiten.

Resulta especialmente contradictorio que algunas municipalidades se declaren, en actos solemnes, “libres de maltrato animal”, mientras excluyen deliberadamente a aquellos animales que continúan siendo utilizados para divertir a quienes dicen protegerlos.

Ojalá estas prácticas desaparezcan no únicamente porque una ley lo prohíba, sino porque como sociedad hayamos avanzado lo suficiente para comprender que ninguna tradición vale más que la dignidad de un ser vivo. Ojalá llegue el día en que la ética avance más rápido que el negocio.

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