Mujeres iraníes: abandonadas por las feministas y solas frente a los Ayatolás

LA VOZ DE GOICOECHEA (Por María Lucía Arias*).- Este 8 de marzo, las feministas se hicieron presentes en las calles de la capital para, según ellas, dar una valiente lucha contra el patriarcado y la violencia contra las mujeres. Llevaron muñecos para quemar, carteles de denuncia y consignas contra líderes internacionales como Donald Trump, Javier Milei y otros más. Pero más revelador que los nombres que decidieron exhibir son, precisamente, los nombres que omitieron. Ahí es donde su discurso empieza a derrumbarse y donde queda en evidencia la fragilidad de su supuesta defensa de la mujer.
Porque mientras se presentan como abanderadas de todas las mujeres, guardan un silencio escandaloso frente a los verdaderos opresores de millones. Hoy, cientos de millones de mujeres viven oprimidas bajo regímenes islámicos donde la persecución, la humillación y la violencia no son metáforas, sino una realidad brutal de todos los días. Y esos opresores tienen nombre, por más que las feministas callen ante los crímenes del ayatolá Alí Jameneí, cabeza de la dictadura iraní que durante décadas ha encarcelado, reprimido y asesinado a mujeres por exigir libertad, dignidad e igualdad ante la ley.
Lo indignante es la doble moral. Cuando uno de estos regímenes es golpeado o confrontado, no se ve a esas supuestas defensoras de la mujer celebrando la caída de un patriarcado real, feroz y sanguinario. Al contrario, muchas prefieren condenar a quienes enfrentan a esos tiranos. Ese es el mundo absurdo en el que vivimos: uno donde algunas que se autoproclaman “defensoras de las mujeres” terminan escandalizándose más por sus enemigos ideológicos de Occidente que por los verdaderos opresores de millones de mujeres en Oriente.
Y esa diferencia importa. Importa mucho. Porque en Irán no estamos hablando de la caricatura universitaria del “patriarcado simbólico”, ni de una discusión de aula sobre micromachismos, ni de una batalla semántica sobre lenguaje. En Irán la opresión no es teoría. Es código penal. Es tribunal. Es policía. Es cárcel. Es miedo.
Desde 1979, la República Islámica impone una interpretación oficial de la sharía que convirtió la vida de las mujeres en una cadena permanente de permisos, prohibiciones y castigos. El velo no es una elección, es una imposición vigilada por el Estado. El cuerpo femenino no es autónomo, es territorio intervenido por el poder. La ley consagra desigualdades en herencia, testimonio, matrimonio, custodia y movilidad. Y cuando una mujer desafía ese orden, no recibe una crítica ni una condena en redes: recibe persecución, encierro, tortura o látigo. No es una figura retórica. Es literal.
Basta ver los nombres propios que ese régimen ha querido aplastar. Narges Mohammadi, periodista, madre y activista, ha pasado años siendo castigada por denunciar ejecuciones, torturas y represión estatal. El régimen respondió como responden siempre las tiranías cobardes: cárcel, aislamiento, amenazas, hostigamiento. En 2021 volvió a ser condenada por “propaganda contra el Estado”. En 2023 recibió el Premio Nobel de la Paz mientras seguía encarcelada.
Nasrin Sotoudeh también expone la obscenidad del sistema. Su “delito” fue ejercer como abogada y defender a mujeres perseguidas por quitarse el velo obligatorio. Por eso un tribunal revolucionario la condenó a 38 años de prisión y 148 latigazos. Latigazos. En pleno siglo XXI. No en una novela distópica, no en un panfleto alarmista, no en una exageración propagandística. Latigazos reales, dictados por jueces reales, contra una mujer real, por defender la libertad de otras mujeres.
Mahsa Amini hizo todavía más evidente la naturaleza del régimen. Tenía 22 años cuando fue detenida por la llamada policía de la moral por llevar “mal puesto” el hiyab. Esa sola acusación ya retrata la enfermedad del sistema. Horas después estaba muerta. Murió bajo custodia. Y su muerte, lejos de ser un accidente aislado, fue la chispa que encendió una verdad que millones ya conocían: en Irán el Estado no tutela a la mujer, la somete. “Mujer, Vida, Libertad” no nació como consigna estética de manifestación. Nació de la sangre, del miedo, de la rabia y de una dignidad llevada al límite. La respuesta del régimen fue la de siempre: balas, detenciones masivas, tortura, ejecuciones.
Sepideh Gholian, activista laboral, también fue empujada a prisión por denunciar abusos. Durante su encarcelamiento relató torturas y malos tratos. Y justamente ahí está el punto central: no son casos aislados, no son excepciones, no son errores del sistema. Son el sistema. Son síntomas de una estructura de poder que necesita humillar a la mujer para sostenerse. Son el retrato de un régimen que no teme exhibir su misoginia porque la ha convertido en ley, en moral oficial y en instrumento de control político.
Entonces, ¿por qué el velo forzado en Irán no se convirtió en una causa permanente, central y ensordecedora del feminismo global? ¿Por qué existe una capacidad inagotable para movilizarse por lenguaje, cuotas, manifiestos identitarios, aborto, micromachismos y consignas anticapitalistas, pero no la misma constancia cuando una mujer puede ser arrestada, golpeada o judicialmente destruida por mostrar el cabello? ¿Por qué tanta furia contra patriarcados discutibles y tanta prudencia frente a un patriarcado armado, judicializado y santificado?
La respuesta es que denunciar a Occidente les da prestigio dentro del ecosistema progresista. Atacar al hombre occidental, al capitalismo, a la democracia liberal, a la Iglesia o a la familia tradicional produce aplauso, legitimidad y pertenencia. Denunciar con la misma dureza al islamismo teocrático, en cambio, acarrea costos. Ahí está la podredumbre intelectual del asunto. El mismo feminismo que convierte cada torpeza masculina en síntoma estructural del patriarcado, se vuelve casi antropológico cuando el patriarcado tiene ayatolás, policía moral y tribunales religiosos.
Y a partir de ahí, queda claro que el feminismo hegemónico no defiende a todas las mujeres. Defiende a las mujeres útiles para su relato. Jerarquiza víctimas. Selecciona causas. Elige enemigos convenientes. Es valiente cuando protesta donde el costo es bajo y el aplauso está garantizado. Es tímido cuando toca señalar monstruos reales. Se exhibe como una ética de principios, pero opera como una secta. Le sobra rabia para el patriarcado imaginado en cada gesto de Occidente y le falta coraje para sostener con la misma fuerza la denuncia de un régimen que literalmente castiga mujeres por respirar fuera del molde.
Por eso la frase correcta no es que “el feminismo lucha por todas”. La frase correcta es que el feminismo hegemónico grita contra el patriarcado cuando el patriarcado habla inglés o español, pero baja la voz cuando el patriarcado reza en árabe y gobierna en nombre de Alá.
*Estudiante de Economía y Ciencias Actuariales