Manuel Corona: El Bolero Comienza a Afinarse

Published by Redacción on

LA VOZ DE GOICOECHEA (Por Gerardo A. Pérez Obando, columnista). – Cuando el bolero empieza a dejar de ser voz de uno para volverse lenguaje entre muchos, no lo hace de golpe ni ruptura. Ocurre en una continuidad silenciosa, casi imperceptible como sucede con todo aquello que tiene raíz verdadera. Los nombres empiezan a aparecer, no como novedades que alteran, sino como presencias que confirman. Entre ellos Manuel Corona, que no se distingue por apartarse, sino por profundizar. Sindo lo afirmó, Corona lo estabiliza. En él, el bolero no cambia de rumbo, solo adquiere una forma más definida, como si aquello que venía siendo intuición comenzara a encontrar una manera más clara de sostenerse en el tiempo. El bolero comienza a afirmarse.

No estamos ante una transformación externa, ni ante una voluntad de innovación. Lo que ocurre es más sutil. Aquello que en Pepe Sánchez fue aparición y en Sindo Garay conciencia, se encuentra en Corona una forma más definida de sostenerse. El bolero, sin dejar de ser íntimo, empieza a adquirir una claridad que le permite permanecer. Ya no depende únicamente del instante en que es dicho; empieza a insinuar la posibilidad de ser recordado sin perder su verdad. Ese es el paso decisivo. Manuel Corona no irrumpe para modificar el bolero, sino para darle una estabilidad que hasta entonces apenas se insinuaba. Su manera de decir no añade complejidad, pero sí precisión. Hay en su expresión una elegancia contenida, como si comprendiera que el exceso debilita lo que nace para ser esencial. No recarga la palabra ni la dispersa. La sostiene, y hacerlo permite que el bolero comience a reconocerse también como forma, no como estructura rígida, sino como una manera que puede repetirse sin convertirse en fórmula vacía.

En esta etapa, el bolero empieza a desplazarse con mayor naturalidad hacia espacios más definidos. La serenata sigue siendo su territorio, pero ya no es únicamente el acto espontáneo de quien dice lo que siente. Aparece una conciencia mayor del canto, una forma más cuidada de decir, sin que por ello se pierda la cercanía. La ciudad, lentamente, empieza a insinuarse en él. No como escenario dominante, sino como horizonte. La obra de Manuel Corona recoge ese momento.

En piezas como Longina, no encontramos una ruptura con lo anterior, sino una depuración. La emoción permanece, pero se expresa con una claridad que la hace perdurable. No se trata de decir más, sino de decir mejor. La palabra no se agota en el instante; se proyecta, y en esa proyección, el bolero comienza a entrar en una dimensión distinta: la de aquello que puede volver a ser dicho por otros sin perder su fuerza original. Ese es el signo de su consolidación.

Lo que en Sindo Garay se afirmaba como conciencia del bolero, comprensión profunda de su sentido, en Corona empieza a adquirir permanencia. No fija una forma definitiva, ni cierra posibilidades. Más bien abre un camino en el que la repetición no empobrece, sino que sostiene. El bolero puede volver a decirse, y al hacerlo, sigue siendo verdadero. Ahí reside su valor, no se convierte en esquema ni en técnica, se mantiene como forma viva, pero ahora con una consistencia que permite su continuidad, ya no depende exclusivamente de quien lo dice por primera vez, pertenece, cada vez más, a quienes lo reconocen y lo asumen. Manuel Corona no transforma el bolero: lo afirma, le da una estabilidad que no lo endurece y una forma que no lo encierra. Gracias a ello, el bolero comienza a adquirir una presencia más clara en la memoria colectiva, puede ser aprendido, repetido, compartido. Empieza a circular no solo como emoción inmediata, sino como expresión que perdura, y en esa posibilidad de permanecer sin perder su esencia, el bolero da un paso silencioso pero decisivo: comienza, sin proponérselo, a volverse tradición. Sin embargo, en esa consolidación que Manuel Corona aporta, empieza a insinuarse otra dimensión aún no del todo visible, la de una sensibilidad distinta que no modifica el bolero, pero lo matiza desde otro lugar.

Hasta ahora, ha sido una voz predominantemente masculina la que lo enuncia y lo sostiene, pero el bolero, que ya se reconoce como lenguaje compartido, no podía permanecer ajeno a otras formas de sentir y en ese momento, casi sin ruptura y con la misma naturalidad con que todo en el bolero acontece, cuando aparece María Teresa Vera, no como excepción, sino como presencia necesaria. En ella, el bolero no cambia de esencia, pero adquiere un tono diferente, una interioridad que lo amplía sin desfigurarlo. Lo que hasta entonces había sido dicho desde una orilla, comienza a revelarse también desde la otra. Y en ese gesto, silencioso pero decisivo, el bolero se reconoce más completo.

Política de privacidad - - Diseñado por PARWEBCR