¿La paciencia o la esperanza? La pregunta que hoy nos persigue

LA VOZ DE GOICOECHEA (Por Nabil Mouaffak, comunicador).- Dicen que el tico es tranquilo, que tiene buen humor, que siempre encuentra una salida, que aguanta, que es pura vida… pero en las calles, en las oficinas, en las paradas de bus, en los chats y sobre todo en las redes sociales, se siente otro clima. Ya no es solo enojo aislado: es un cansancio que se acumula, un grito que no siempre se oye, pero que va creciendo por dentro. Y una pregunta empieza a colarse en la cabeza de muchos: ¿estamos perdiendo la paciencia… o estamos perdiendo la esperanza?
Porque una cosa es que a uno se le acabe la paciencia, y otra muy distinta es que se le apague la esperanza. La falta de paciencia estalla, se oye, se ve. Es ese “¿cómo es posible?” que soltamos al volante, esa reacción exagerada al comentario de un desconocido, esa discusión innecesaria en Facebook por cualquier tema. La paciencia se quiebra como un vaso de vidrio: rápido, con ruido y de golpe. Hoy muchos ticos están viviendo así, irritables, explosivos, agotados. No porque sean malas personas, sino porque están saturados. La vida está más cara, más pesada, más incierta, y el día no alcanza para todo. Es difícil pedir paciencia cuando la realidad te empuja en sentido contrario.
Pero perder la esperanza es otra historia. La esperanza no hace ruido cuando se va. Se apaga en silencio. Es más honda, más íntima, más triste. No se manifiesta con gritos, sino con suspiros. Es esa sensación de que “para qué”, de que nada cambia, de que todo está igual o peor. Es ver a padres diciendo que ya no saben si sus hijos podrán salir adelante aquí; es escuchar a un joven decir que se quiere ir porque ya no cree en este país; es sentir que ni las instituciones, ni los líderes, ni el sistema político responden. Cuando la esperanza se va, el país no se enoja: el país se apaga. Y eso duele más.
Entre la pérdida de paciencia y la pérdida de esperanza, se ha colado algo más oscuro: el odio. No un odio natural, sino un odio aprendido, alimentado, repetido. Un odio que no nace de la maldad, sino del cansancio. Un odio que no busca destruir, sino defenderse. Un odio que, paradójicamente, esconde miedo. Miedo a seguir igual, miedo a retroceder, miedo a no tener futuro. En ese estado emocional, la gente responde desde el impulso, desde la herida, desde la frustración.
Y es que, si observamos bien, el odio que hoy se ve en el país tiene raíces más humanas que ideológicas. No es solo por izquierda o derecha, por apoyar a uno u otro, por estar con “los de aquí” o “los de allá”. Es que hay dolor personal acumulado. Hay deudas, enfermedades, cansancio, inseguridades, duelos, estrés, soledad. Hay gente que siente que da todo y recibe poco. Hay personas que sienten que nadie las escucha. Y cuando una sociedad entera se siente así, cualquier chispa —un comentario, una opinión distinta, un malentendido— se vuelve incendio.
El tico no se volvió malo. Se volvió agotado. Y cuando uno está agotado, reacciona peor. Y cuando se siente desesperanzado, deja de ver en el otro a una persona: ve una amenaza, un rival, un obstáculo. Así es como se rompe el tejido social, no por ideologías, sino por heridas no atendidas.
La pregunta entonces no es quién tiene razón, sino qué estamos perdiendo primero. Y quizá la respuesta es incómoda: estamos perdiendo las dos cosas al mismo tiempo. Unos pierden paciencia, otros pierden esperanza, y otros ya no saben cuál se les fugó primero. Pero todos, de una u otra manera, están sintiendo el peso de un país que se cansó de aguantar, pero también teme dejar de creer.
Aun así, la historia no termina ahí. Porque un pueblo que cuestiona su paciencia y su esperanza es un pueblo que todavía está despierto. Todavía nos importa. Todavía nos duele. Todavía queremos que las cosas mejoren. Mientras haya gente que se pregunte qué nos está pasando, hay posibilidad de cambio. Mientras haya debates, reclamos y hasta discusiones, hay vida. Lo verdaderamente peligroso sería el silencio uniforme de quienes ya no esperan nada.
Tal vez el verdadero reto está en volver a hablarnos como personas. En recordar que no somos enemigos, que no tenemos que pensar igual para tratarnos bien, que este país es pequeño y nos vamos a seguir encontrando. En entender que el odio no es identidad, sino síntoma. Y que, si hay síntoma, también puede haber cura.
Quizá lo que necesitamos es un nuevo pacto emocional: menos prisa, menos grito, menos miedo… y un poquito más de compasión. Recuperar la paciencia sin perder la voz. Recuperar la esperanza sin negar los problemas. Volver a creer que este país puede sanar, si empezamos por sanarnos entre nosotros.
Y tal vez ahí, justo ahí, empecemos a entender que el odio no es el fin de la historia. Solo es la señal de que urge escribir una nueva.