Juventud y política: entre la apatía y la necesidad de cambio

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LA VOZ DE GOICOECHEA (Por Elvis Solano Matarrita- comunicador)

La relación entre la juventud y la política siempre ha sido compleja. En muchas ocasiones, los jóvenes son percibidos como apáticos, desinteresados o incluso indiferentes a los procesos democráticos. Sin embargo, detrás de esa aparente apatía se esconde una mezcla de desencanto, desconfianza y búsqueda de nuevas formas de participación que no siempre pasan por las urnas o los partidos tradicionales.

En Costa Rica, la participación electoral de los jóvenes ha mostrado cifras preocupantes. Según el Tribunal Supremo de Elecciones (TSE), en los comicios del 2022 casi un 40% de los votantes entre 18 y 25 años se abstuvo de ir a las urnas. Este dato refleja una tendencia que no es exclusiva de nuestro país, pero que revela un problema profundo: muchos jóvenes sienten que los políticos no los representan y que sus voces no tienen un impacto real en las decisiones nacionales.

El desencanto se alimenta de la percepción de corrupción, promesas incumplidas y un sistema político que parece favorecer a las élites antes que a la ciudadanía común. Para un joven que enfrenta desempleo, bajos salarios y escasas oportunidades, escuchar los discursos políticos suele sonar a un eco lejano de palabras vacías. “¿Para qué voy a votar si nada cambia?”, es una frase que se repite con frecuencia en las conversaciones juveniles.

Sin embargo, esta visión no significa que la juventud esté desinteresada de la política en un sentido amplio. Por el contrario, cada vez son más los jóvenes que participan en movimientos sociales, colectivos ambientales, organizaciones feministas, redes de derechos humanos y proyectos comunales. En lugar de acudir a los canales tradicionales, buscan formas alternativas de ejercer ciudadanía.

Un ejemplo local se vivió en el cantón de Goicoechea, donde grupos juveniles organizaron campañas contra la violencia de género y a favor del reciclaje, logrando visibilizar problemáticas que rara vez ocupan la agenda política nacional. Estos muchachos no solo protestaron, también generaron propuestas, talleres y proyectos comunitarios que impactaron directamente en la vida cotidiana de sus barrios.

La juventud costarricense ha demostrado ser especialmente activa en temas ambientales. La lucha contra el proyecto de minería a cielo abierto en Crucitas y la defensa del agua en comunidades como Sardinal o Santa Cruz son pruebas de que los jóvenes no se han quedado al margen. Para ellos, la política no es únicamente votar, sino defender su derecho a un futuro digno.

Otro espacio clave es el universitario. En la Universidad de Costa Rica y el Tecnológico de Costa Rica, los movimientos estudiantiles han sido históricamente protagonistas en debates nacionales, desde el apoyo a la defensa de la educación pública hasta manifestaciones contra recortes presupuestarios. Estas expresiones demuestran que la juventud sí tiene interés político, pero lo canaliza en formas distintas a las tradicionales.

El reto, sin embargo, es cómo lograr que esa energía transformadora se traduzca también en incidencia dentro de los espacios institucionales. Si bien el abstencionismo juvenil es alto, muchos jóvenes reconocen la importancia de involucrarse para no dejar la toma de decisiones únicamente en manos de otros.

En los últimos años, algunos partidos han intentado atraer el voto joven con propuestas digitales, campañas en TikTok o discursos cargados de frescura. No obstante, cuando estas iniciativas carecen de contenido real y se limitan a estrategias de mercadeo, el efecto suele ser contraproducente, reforzando el escepticismo.

Un joven de Guadalupe lo resumió así durante un conversatorio comunal: “No queremos políticos que nos regalen gorras o bailen en redes sociales, queremos soluciones para conseguir trabajo, para tener acceso a vivienda, para estudiar sin endeudarnos de por vida”. Esa frase refleja el sentir de muchos: la juventud quiere respuestas concretas, no espectáculos.

De cara al futuro, la pregunta no es si los jóvenes participarán en política, sino cómo lo harán. Si el sistema sigue sin escuchar sus demandas, la desafección crecerá. Pero si se abren espacios de diálogo genuino, la juventud puede convertirse en la fuerza transformadora que Costa Rica necesita para enfrentar sus grandes retos.

La democracia no puede sobrevivir sin la voz de los jóvenes. La apatía no es un defecto generacional, sino el reflejo de un sistema que no logra conectar con ellos. La tarea de los líderes actuales no es culpar a la juventud por no votar, sino ganarse su confianza con acciones reales.

En un país donde casi un tercio de la población es menor de 35 años, ignorar a la juventud es condenar la política a la irrelevancia. Costa Rica necesita escuchar, dialogar y construir con sus jóvenes, porque en sus manos no solo está el futuro: también el presente.

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