El Taller del Lagarto Tuerto

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LA VOZ DE GOICOECHEA (Por José Daniel Cruz Méndez).- En el corazón de la selva había un sendero ancho que todos los animales necesitaban para vivir. Por ahí circulaban frutas, agua, medicinas y semillas que mantenían con vida el bosque.

Para que ese camino no se tapara, la comunidad tenía unas grandes carretas que se encargaban de recoger las hojas y ramas que caían. Si las carretas fallaban, el camino se bloqueaba. Si el camino se bloqueaba, la selva se detenía.

Por eso, cada vez que una carreta se dañaba, había que llevarla al Taller del Lagarto Tuerto.

El Lagarto Tuerto era un animal silencioso, casi inmóvil, que descansaba sobre una gran piedra tibia cerca del río seco. Tenía un ojo cerrado permanentemente… Y el otro siempre mirando lo que más le convenía.

Cuando le llevaban una carreta, él decía: “Esto es delicado… solo yo sé cómo hacerlo.” Y cobraba tanto, que hasta los monos se quedaban sin aire.

Pero lo preocupante no era solo el precio. Era que las carretas casi nunca salían bien.

A veces volvían con piezas cambiadas por otras más viejas. A veces regresaban pintadas, pero igual de dañadas. A veces solo les echaba un poco de barro y aceite para que parecieran reparadas bajo la luz del sol.

Y cuando algún animal reclamaba, el Lagarto Tuerto abría lentamente su único ojo útil y decía: “Si no confían, pueden buscar otro taller.” Sabiendo que el zorrito y el avispón no lo harán.

Pasaron las lunas…

Hasta que el Lagarto Tuerto anunció algo aún más grande: Ahora él también vendería carretas nuevas. Carretas brillantes, venidas de pantanos lejanos… Carretas que en otras selvas se partieron con la primera tormenta. Carretas que por fuera eran relucientes, pero por dentro estaban hechas de madera tierna que no aguantaba el peso del bosque.

Aun así, el Lagarto Tuerto ganó la venta. Dos carretas. Carísimas.

Los animales que conocían la historia de otros bosques empezaron a murmurar… pero hablaban bajito.

Porque el Lagarto Tuerto tenía aliados:

Un avispón que decidía por el zorrito.

— Un murciélago experto en todo lo que pasa de noche.

— Y un mapache que hacía números en cuevas sin luz.

La selva pareció tranquila. En apariencia.

Pero todos sabían lo que pasa cuando las carretas fallan:

El camino se tapa. El bosque se detiene. Y la vida se complica para todos.

Y en la selva, cuando algo se hace entre sombras… tarde o temprano se escucha en el claro.

Porque el río siempre vuelve a correr. La lluvia siempre vuelve a caer.

Y no existe ojo tuerto que no termine viendo la verdad cuando el bosque habla.

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