El espejo roto: la erosión constitucional, y el costo social

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El año 2026 traerá definiciones políticas decisivas. No es diagnóstico alarmista, es la constatación que, cuando la estructura constitucional se deteriora, el costo lo pagamos la gente común. No las élites ni los lemas. La/os de a pie perdemos acceso, voz, certeza…y pueda que algo más

LA VOZ DE GOICOECHEA (Por Gerardo A. Pérez Obando (Gapo), columnista).- El país se mira en un espejo agrietado. Las fisuras, no aparecieron de golpe ni fueron menores. Las fracturas las ha ocasionado el desprecio a los procedimientos, hostilidad hacia contrapesos, y banalización del lenguaje jurídico. De pronto quieren descubrirnos una cara distinta para que normalicemos lo excepcional, aceptemos el atajo como método, confundamos carisma con capacidad, y ocurrencia con política pública.

La Constitución no es un ladrillo más en el muro institucional. Es el plano. Si lo torcemos, el edificio se ladea. La erosión constitucional en la vida diaria significa trámites que se vuelven caprichos, decisiones que se toman sin justificar, instituciones que se desacreditan por deporte, y ciudadanos que, al final, perdemos confianza en el sistema que en teoría debería protegernos.

Hay un daño especialmente grave, la fatiga cívica. Cuando una élite política comprometida en el deterioro de la forma constitucional supone que la ciudadanía se cansará, apuesta a que el silencio sustituya al debate, pero ese mutismo es la temperatura ideal para el fermento de la arbitrariedad.

También se da una erosión simbólica. El lenguaje de la política, que debería cuidar la precisión, se vuelve propaganda llamando “patriotismo” a los bloqueos, “enemigos” a quienes no piensen igual, “burocracia” a controles espurios. Cada palabra distorsionada es un golpe a la cultura constitucional.

No se trata de nostalgia, ni negar la necesidad de reforma. Costa Rica necesita mejorar su gestión pública, simplificar trámites, revisar prioridades, combatir la corrupción, pero reformar no es desfondar. Una transformación exige método, participación, y respeto a la arquitectura de la ley, sin eso, cualquier cambio es improvisación peligrosa.

El año político que se abre estará lleno de tentaciones de polarización, del atajo, de la espectacularidad. Frente a ellas, conviene recordar que un país no se gobierna con temas de redes sociales, sino con instituciones fuertes y normas claras.

El espejo roto se repara con transparencia, técnica, diálogo, y límites efectivos al poder porque reformar es método. La fatiga cívica es el clima donde crece el abuso.

La gran pregunta no es qué hace el poder hoy, sino qué país dejará mañana. La erosión constitucional es una factura que parece invisible… hasta que se vuelve impagable. Evitarla no es romanticismo…es responsabilidad histórica

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