Cuando la democracia deja de doler

LA VOZ DE GOICOECHEA (Por Nabil Mouaffak, comunicador).- La más reciente encuesta del CIEP-UCR trajo un dato que, para muchos, sonó a tranquilidad: un 75.2% de los costarricenses dice preferir la democracia sobre cualquier otro régimen.
A simple vista es una buena noticia. Un aplauso. Un respiro.
Pero si uno mira entre líneas, descubre algo más incómodo.
Porque la misma encuesta muestra que un 13.6% estaría dispuesto a aceptar un gobierno autoritario “en algunas circunstancias” y otro 11.1% dice que le da igual un régimen democrático que uno autoritario.
Eso significa que uno de cada cuatro ticos hoy está dispuesto a soltar la democracia.
O peor: no le importa perderla.
Y ese, queridos lectores, no es un dato para celebrar. Es una advertencia.
Costa Rica construyó, con esmero y sacrificio, una cultura democrática sólida.
Pero esa cultura no es eterna, ni automática, ni invencible.
Cuando un 25% de la población está abierta al autoritarismo, estamos ante una fisura silenciosa en los cimientos de la convivencia nacional.
Una grieta que aparece cuando:
las instituciones decepcionan,
los políticos insultan más de lo que proponen,
la inseguridad crece,
la desigualdad muerde,
y la gente se cansa de esperar.
En ese escenario, el discurso autoritario—siempre simple, siempre atractivo—entra con facilidad:
“Deme seis meses y yo le pongo orden a este país.”
Y lo preocupante es que cada vez más personas están dispuestas a escucharlo.
La democracia sigue siendo la favorita. Pero ya no es la amada.
La vemos como un trámite, no como un valor. Como un mecanismo que “debería funcionar”, no como un proyecto común que requiere compromiso, paciencia y participación.
¿Y qué pasa cuando un país deja de sentir la democracia como algo propio?
Pasa lo que vemos hoy:
apatía, enojo, polarización, fanatismos, indiferencia.
Es en esa mezcla donde los autoritarismos nacen, crecen y se consolidan.
Que el 75% prefiera la democracia es una luz.
Pero es una luz pequeña. Un fósforo en medio del viento.
La verdadera amenaza no está en los discursos radicales ni en los políticos de turno.
Está en la indiferencia.
En ese 11.1% que “le da igual”.
En ese 13.6% que “depende de las circunstancias”.
Porque cuando la libertad deja de doler, deja de importar.
Y cuando deja de importar, cualquiera puede arrebatárnosla suavemente, sin que nos demos cuenta.
¿Qué hacemos?
La solución no es gritar más fuerte sobre la democracia.
Es hacerla útil.
Tangible.
Visible en la vida diaria de la gente.
La democracia se defiende con instituciones sólidas, sí, pero también con calles seguras, servicios eficientes, educación de calidad y políticos que reconozcan el hartazgo ciudadano en lugar de burlarse de él.
La encuesta no es una victoria.
Es una advertencia.
Una que debemos tomar en serio antes de que la grieta se convierta en un abismo.