Costa Rica, La inseguridad que heredamos

Segunda entrega: De Solís a Alvarado – De la ilusión del control al desborde de la violencia
LA VOZ DE GOICOECHEA (Por Redacción).- Cuando Luis Guillermo Solís asumió la presidencia en 2014, Costa Rica ya era un país distinto: el miedo había reemplazado a la calma, los portones sustituyeron las puertas abiertas y los titulares de crimen eran parte de la rutina.
Su promesa fue devolver la seguridad a los barrios y atacar las causas del delito desde la raíz.
Sin embargo, al cierre de su administración y durante el gobierno de Carlos Alvarado, la violencia alcanzó niveles históricos.
Entre 2014 y 2022, Costa Rica pasó de la preocupación al desborde: los homicidios aumentaron, el narcotráfico tomó fuerza territorial y la confianza ciudadana en la seguridad pública se debilitó.
Luis Guillermo Solís (2014–2018): el optimismo sin control territorial
El gobierno de Solís inició con un discurso conciliador y social: atender las desigualdades que alimentan la criminalidad.
Se creó el Programa Integral de Seguridad Ciudadana, se reforzaron las políticas preventivas en comunidades vulnerables y se invirtió en la Policía de Tránsito, Fronteras y Fuerza Pública.
Pero la realidad superó las buenas intenciones.
Los homicidios dolosos subieron de 8,4 a 12,1 por cada 100 mil habitantes, un salto alarmante.
El país registró el año más violento en su historia moderna (2017), con 603 asesinatos.
Las autoridades señalaron que el crimen organizado y las disputas por territorios de droga explicaban el incremento. Sin embargo, la respuesta institucional fue débil:
la coordinación entre ministerios falló, los recursos se dispersaron y la prevención comunitaria no logró contener la ola criminal.
A pesar de los esfuerzos en educación y programas sociales, la seguridad perdió protagonismo político.
Mientras el gobierno hablaba de transparencia, la población sentía otra cosa: abandono y miedo.
Carlos Alvarado (2018–2022): la violencia en tiempos de crisis
Cuando Carlos Alvarado asumió el poder, heredó un país fiscalmente limitado, con un sistema policial sobrecargado y un Ministerio de Seguridad sin margen para expansión.
Su prioridad fue el equilibrio económico, no la seguridad pública.
La situación se agravó con la pandemia de COVID-19, que provocó desempleo, pobreza y desmovilización institucional.
En 2020 y 2021, la delincuencia común bajó temporalmente por las restricciones sanitarias, pero los homicidios ligados al narcotráfico siguieron en aumento.
El 2022 cerró con una cifra alarmante: 656 homicidios, la más alta de la historia hasta entonces.
La frontera sur, Limón, Desamparados y Alajuelita se convirtieron en zonas de alto riesgo.
Los crímenes dejaron de ser “ajustes de cuentas aislados” para convertirse en un fenómeno cotidiano, visible y extendido.
Alvarado fortaleció la cooperación internacional con Estados Unidos y la OIJ amplió investigaciones sobre lavado de dinero, pero el Estado perdió control territorial.
El crimen se profesionalizó más rápido que las instituciones encargadas de detenerlo.
Ambos gobiernos coincidieron en una misma paradoja:
apostaron por la prevención y la cooperación, pero sin capacidad de respuesta inmediata.
El crimen organizado aprovechó ese vacío para consolidar sus redes locales y expandirse incluso dentro de cárceles y comunidades costeras.
De Solís a Alvarado, Costa Rica perdió el control del miedo.
El país pasó de analizar la inseguridad como un problema de exclusión a vivirla como una crisis nacional.
El narcotráfico dejó de ser noticia y se volvió paisaje.
Y aunque las estadísticas hoy siguen creciendo, lo más preocupante es lo que se perdió en el camino: la confianza en que el Estado puede protegernos.
El reto actual no es solo reducir cifras, sino reconstruir la autoridad moral y territorial del Estado frente a la delincuencia.
Porque cuando el miedo se vuelve costumbre, la democracia se debilita.
En nuestra ultima entrega sobre la inseguridad que heredamos, analizaremos el gobierno mas reciente de nuestro país. el gobernó de Rodrigo Chaves, entre el discurso del control y el desborde de la realidad.