
LA VOZ DE GOICOECHEA (Por Nabil MouaffaK).- Dicen que en la Grecia antigua había un tal Procusto, que tenía una cama de hierro donde obligaba a todos a encajar: si alguien era más alto, le cortaba las piernas; si era más bajo, lo estiraba hasta romperlo.
Hoy, miles de años después, ese mito se nos volvió costumbre política.
El síndrome de Procusto está enfermando a nuestros líderes —cantonal y nacionalmente—. Es ese miedo patológico a la gente que destaca, a quien piensa diferente, al que propone algo nuevo o brilla por mérito propio. En vez de aprender de él, lo silencian. En vez de apoyarlo, lo cortan. En vez de sumarlo, lo estiran hasta que encaje en su molde mediocre.




















Debe estar conectado para enviar un comentario.