Aquí seguimos siendo vecinos

LA VOZ DE GOICOECHEA Por Nabil Mouaffak, columnista).- En tiempos de división marcada, cuando los barrios se fracturan, las redes se incendian y hasta las familias se tensan por diferencias ideológicas, una pregunta aparentemente sencilla se vuelve un laberinto: ¿Quién tiene la razón?
La democracia suele ofrecer una respuesta cómoda: “la mayoría”. Pero la historia insiste en recordarnos que la mayoría no siempre acierta. La regla de la mayoría no define la verdad, solo determina quién toma la decisión. La democracia, por sí sola, no garantiza justicia ni ética; garantiza procedimiento. Y el procedimiento, sin alma comunitaria, nunca ha sido suficiente para sostener una sociedad viva.
La fractura actual no es solo política, es emocional. Cuando debatimos sobre presupuestos municipales, proyectos de país o derechos sociales, rara vez estamos discutiendo solo ideas. Lo que realmente se pone en juego son identidades, historias personales, dolores acumulados y miedos a perder lo poco que se tiene. Por eso los conflictos se sienten tan intensos: no defendemos solo argumentos, defendemos quiénes somos.
Cuando una parte gana por mayoría, pero no logra convencer, la otra no solo se siente derrotada: se siente excluida. Y un sistema que vence, pero no escucha, tarde o temprano, se rompe por dentro.
Respetar la opinión contraria no es suficiente. Respetar no es lo mismo que comprender, y comprender no significa renunciar a lo que uno cree. Pero si queremos evitar que los desacuerdos terminen en caos, necesitamos nuevas prácticas sociales:
Espacios seguros de conversación. No para humillar ni pontificar, sino para entender. Mirarse a los ojos desactiva la deshumanización.
Reconocer el miedo del otro. Toda posición política, incluso las que más nos incomodan, nace de un temor. Nombrar ese miedo baja la tensión.
Construir acuerdos mínimos. No sobre cómo pensar, sino sobre cómo convivir: no dañarnos, no excluir, no deshumanizar, no mentir.
Liderazgos que pacifican. Las sociedades imitan a sus líderes. Si ellos ridiculizan, la gente ridiculiza. Si ellos escuchan, la gente escucha.
Cuidar el tejido comunitario. Porque, después de cada elección o discusión, seguimos compartiendo el mismo cantón, las mismas calles, escuelas y parques.
No podemos permitir que una idea temporal destruya una convivencia que debe durar generaciones.
La pregunta esencial no es quién tiene razón, sino cómo vamos a seguir viviendo juntos después del desacuerdo.
La democracia no consiste en pensar igual, sino en aprender el arte de sostenernos en la diferencia sin rompernos. Hoy, más que nunca, el país necesita personas capaces de eso: escuchar sin rendirse y dialogar sin imponerse.
Porque, al final, ninguna mayoría es eterna.
Pero la comunidad sí lo es.