Pepe Sanchez: El Día que la Música Dejó de Bailar.

LA VOZ DE GOICOECHEA (Por Gerardo A. Pérez Obando, (Gapo), columnista).- Antes del bolero hubo música. Hubo danzas, salones, formas cuidadas y elegantes. Se cantaba. Se tocaba. Se bailaba, pero no se decía.
Fue en Santiago de Cuba, lejos de los grandes escenarios y de las academias, donde algo distinto empezó a ocurrir. No fue un acontecimiento estruendoso, ni una invención anunciada.
Fue más bien un gesto silencioso, casi íntimo que con el tiempo cambiaría la manera de sentir la música en toda América.
Ese gesto tuvo un nombre: Pepe Sánchez. No era compositor de escuela. No sabía escribir música. No venía de conservatorios ni de tradición académica. Era un hombre común, de oficio, de vida cotidiana, pero llevaba consigo algo que la música hasta entonces no había encontrado: una forma de sentirla y describirla.
Pepe Sánchez no escribía sus canciones en papel, las guardaba en la memoria, las compartía en la cercanía, en serenatas, en encuentros, en la calle. Muchas se perdieron y con el tiempo se disolvieron como las conversaciones que no se registran, pero una permaneció; y esa bastó para cambiarlo todo: Tristezas
Hacia 1883, Pepe Sánchez compone una inspiración. No una danza. No un arreglo formal. Fue una canción. La tituló o la recordamos como Tristezas; y en ella ocurre algo nuevo.
No hay distancia, no hay representación, no hay máscara. Está una persona que habla. Un hombre que siente. Un alma que expone la música, que por primera vez no acompaña: confiesa.
Fue una breve aproximación al primer gesto del bolero. Hasta entonces, la música organizaba el tiempo, ordenaba el cuerpo, marcaba el paso.
Con Tristezas, la música se vuelve otra cosa, se vuelve palabra sostenida en sonido. Ese fue el punto exacto donde nació el bolero.
No como género todavía, no como tradición, sino como necesidad. Pepe Sánchez no cambió la música desde la teoría. La cambió desde la vida. Tomó lo que venía de antes, la forma, la cadencia, la herencia, y lo llevó hacia adentro, allí donde no se baila, sino donde se siente.
El nacimiento de lo humano: el bolero nace ahí, en ese pequeño desplazamiento que casi no se ve, pero transforma todo, de la forma al sentimiento, del ritmo al alma.
Desde ese momento la música en nuestra América deja de ser solo compañía, empieza a tener voz. Una voz que no explica, que no argumenta, que no enseña.
Una voz que dice, y esa forma de decir no queda sola, otros la escuchan y la continúan: Sindo Garay, Manuel Corona, Villalón, Rosendo Ruiz.
Ellos no repiten a Pepe Sánchez, lo reconocen y lo prolongan.
En adelante, el bolero crecerá, viajará, se hará popular. Se volverá multitud en voces que llegarán después, pero en su origen no hay escenario. No hay orquesta. No hay grabación. No hay público. Hay una guitarra, y una verdad.
Y cuando aquella transformación encontró su forma definitiva, la música dejó de organizar el paso y comenzó a sostener la emoción.
Esa voz fue el bolero, y en su comienzo, sin método, sin papel, sin ruido, un hombre dijo lo que hasta entonces la música no se atrevía: decir lo humano. Pepe Sánchez.
Pepe Sánchez fue la voz del bolero, Sindo Garay, Manuel Corona, Villalón y Rosendo Ruiz fueron el coro.

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