GOICOECHEA ENVEJECE EN SILENCIO: UNA TRANSFORMACIÓN QUE EXIGE RESPUESTAS URGENTES

LA VOZ DE GOICOECHEA (Por Consejo Editorial).- En Goicoechea está ocurriendo un cambio profundo, constante y, en gran medida, silencioso. No se anuncia con titulares estridentes ni genera debates cotidianos, pero sus efectos ya son visibles en hogares, clínicas y comunidades. El cantón está envejeciendo, y lo está haciendo a un ritmo que obliga a repensar nuestras prioridades como sociedad.
Según proyecciones recientes, cerca del 20% de la población de Goicoechea está conformada por personas adultas mayores. Es decir, uno de cada cinco habitantes ha superado los 60 años. Esta cifra no solo marca una tendencia demográfica: revela una transformación estructural que redefine las necesidades sociales, sanitarias y económicas del cantón.
Sin embargo, el verdadero desafío no está únicamente en el aumento de esta población, sino en las condiciones en que envejece.
Las enfermedades crónicas no transmisibles —hipertensión, diabetes, afecciones cardiovasculares— dominan el panorama de salud de las personas mayores. A esto se suman problemas menos visibles, pero igualmente graves, como la depresión, el deterioro cognitivo y el aislamiento social. En conjunto, estos factores no solo deterioran la calidad de vida, sino que también presionan un sistema de salud que ya muestra signos de saturación.
Pero reducir este fenómeno a una cuestión médica sería un error.
El envejecimiento también es un asunto social, familiar y, sobre todo, ético. La Ley Integral para la Persona Adulta Mayor en Costa Rica establece con claridad que la familia es el principal soporte de este grupo. No se trata únicamente de un deber moral: el abandono —en cualquiera de sus formas— tiene implicaciones legales.
Y aquí es donde emerge una de las tensiones más complejas de esta transformación: ¿estamos, como sociedad, preparados para cuidar a quienes nos cuidaron?
La respuesta, por ahora, parece incompleta.
Si bien existen esfuerzos institucionales —desde la CCSS hasta programas municipales como la Oficina de la Persona Adulta Mayor o iniciativas recreativas y de atención domiciliaria—, estos aún no logran cubrir la magnitud del desafío. Persisten problemas estructurales: listas de espera, acceso limitado a especialistas, brecha digital, dificultades económicas y una coordinación institucional todavía insuficiente.
En paralelo, muchas familias enfrentan solas la carga del cuidado, sin herramientas, tiempo ni recursos suficientes.
El riesgo es claro: que esta transformación demográfica avance más rápido que nuestra capacidad de respuesta.
Goicoechea tiene, sin embargo, una oportunidad histórica. El hecho de haberse integrado a la red de “Ciudades Amigables con las Personas Mayores” es una señal positiva, pero debe traducirse en acciones concretas y sostenidas. No basta con reconocer el problema; es necesario anticiparlo y gestionarlo con visión de largo plazo.
Esto implica fortalecer el primer nivel de atención en salud, ampliar los programas comunitarios, mejorar la coordinación entre instituciones y, sobre todo, reconstruir el tejido social que sostiene a las personas mayores.
Porque, en el fondo, esta no es solo una historia sobre envejecimiento.
Es una historia sobre el tipo de sociedad que queremos ser.
Una sociedad que mide su desarrollo no solo en infraestructura o crecimiento económico, sino en la dignidad con la que trata a sus ciudadanos más vulnerables. Una sociedad que entiende que el envejecimiento no es un problema, sino una etapa de la vida que merece cuidado, respeto y acompañamiento.
El cambio demográfico ya está en marcha. La pregunta es si Goicoechea estará a la altura de ese cambio o si, por el contrario, permitirá que avance en silencio… dejando a muchos atrás.
Porque, inevitablemente, ese futuro también nos alcanzará a todos.
