Acuña: cuando la crítica política se convierte en confusión conceptual

LA VOZ DE GOICOECHEA (Por Luis Carlos Núñez Herrera*).- En el debate público hay palabras que no deberían usarse a la ligera. No porque sean “prohibidas”, sino porque tienen un peso histórico, político y moral que exige rigor. “Fascismo” es una de ellas.
Sin embargo, el señor Acuña la emplea como si se tratara de un insulto genérico, una etiqueta útil para descalificar al adversario sin necesidad de argumentar. Y eso no es un detalle menor: revela una preocupante confusión conceptual, especialmente en alguien que pretende dar lecciones de política.
Conviene entonces volver a lo básico
El fascismo —al igual que el nacional-socialismo— es una forma de organización política donde el individuo queda subordinado al Estado. No se fundamenta en la libertad individual, sino en el control; no promueve el libre intercambio, sino la planificación centralizada; no concibe al ciudadano como fin, sino como medio para un proyecto colectivo.
Este punto es clave, porque desmonta una simplificación frecuente: la idea de que el fascismo es simplemente el “extremo opuesto” de ciertas corrientes ideológicas contemporáneas. En realidad, más allá de etiquetas tradicionales como izquierda o derecha, existe un eje más útil para entender estas corrientes: libertad individual frente a colectivismo.
Desde esa perspectiva, distintas ideologías que priorizan el poder del Estado sobre el individuo comparten una raíz común, aunque difieran en sus narrativas o justificaciones.
El problema no es teórico. La historia ofrece suficientes ejemplos de lo que ocurre cuando el poder político se arroga la potestad de definir el “bien común” sin límites claros. Regímenes autoritarios de distinto signo han derivado en restricciones severas de libertades, persecución de la disidencia y, en muchos casos, profundas crisis sociales y económicas.
También en el presente encontramos realidades donde la concentración de poder limita derechos fundamentales: países donde disentir implica riesgos, donde la justicia no es independiente o donde ciertos grupos viven bajo condiciones de discriminación estructural.

Ignorar estos antecedentes empobrece el debate público
Por eso resulta problemático que se califique de “fascista” a un presidente elegido democráticamente, como Rodrigo Chaves, simplemente por adoptar posturas incómodas o confrontar sectores de poder. Se puede —y se debe— criticar a cualquier gobierno, pero hacerlo con categorías mal empleadas no fortalece la discusión democrática.
La democracia implica precisamente lo contrario: confrontar ideas con argumentos, no con etiquetas.
Cuando el lenguaje político se degrada en caricaturas, lo que se pierde no es solo precisión conceptual, sino también la posibilidad de entendernos como sociedad.
Quizá valga la pena, entonces, hacer una pausa antes de recurrir a términos cargados de historia. No para suavizar el debate, sino para elevarlo.
Porque, al final, una democracia sólida no se construye sobre consignas, sino sobre ideas claras, bien defendidas y honestamente debatidas.
*Abogado y exregidor municipal