Cuando los precios bajan… pero la vida no alcanza

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LA VOZ DE GOICOECHEA (Por Nabil Mouaffak, columnista).- En el debate público costarricense se ha instalado una idea tan repetida como simplista: cuando los precios bajan, el mérito es del gobierno; cuando suben, la culpa recae directamente sobre Casa Presidencial. Esta lectura, cómoda para el discurso político y eficaz para las redes sociales, ignora una realidad básica de la economía: muchos precios no dependen de decisiones del Poder Ejecutivo y, aun cuando bajan, eso no se traduce necesariamente en una mejora real en la vida de las personas.

Para entenderlo, basta con observar algunos ejemplos cotidianos

Cuando baja el precio del huevo, no tardan en aparecer celebraciones oficiales y mensajes triunfalistas. Sin embargo, este producto no tiene control de precios ni subsidios estatales directos. Su valor responde principalmente a factores como los costos internacionales de los granos para la alimentación animal, la recuperación de la producción tras crisis sanitarias o los gastos logísticos y de transporte. En otras palabras, baja por dinámicas de mercado, no por una orden presidencial. Atribuir ese resultado a una “buena gestión” es confundir coincidencia con causalidad.

Algo similar ocurre con los combustibles. Costa Rica no produce petróleo: lo importa. El precio que pagan los consumidores está determinado, en gran medida, por el valor internacional del crudo, las decisiones de actores globales como la OPEP, el tipo de cambio y los costos de transporte. Ni el presidente ni el Consejo de Gobierno fijan el precio del barril. A través de RECOPE y los entes reguladores, el país traslada costos; no los crea.

En el caso del recibo eléctrico, el factor decisivo suele ser el clima. Costa Rica depende en gran parte de la generación hidroeléctrica del Instituto Costarricense de Electricidad. Cuando hay buenas lluvias, aumenta la producción renovable, se reduce el uso de plantas térmicas y baja el costo de generación. Cuando hay sequía, ocurre exactamente lo contrario. La lluvia no es una política pública. El gobierno puede planificar, diversificar y mitigar, pero no controla el factor principal.

El tipo de cambio del dólar tampoco responde a órdenes del Ejecutivo. Su comportamiento depende del mercado y de la política monetaria del Banco Central de Costa Rica, cuyo objetivo es evitar movimientos bruscos, no sostener discursos políticos. Además, un dólar bajo no es una buena noticia para todos: afecta a exportadores, golpea al turismo y reduce los ingresos de quienes reciben dólares. Celebrarlo sin contexto es ignorar sus efectos mixtos.

Aquí aparece una discusión que casi nunca se da. Aunque algunos precios bajen, eso sirve de poco si el poder adquisitivo de la población no mejora.

Si las personas tienen empleos precarios, enfrentan salarios estancados, viven en condiciones de subempleo o informalidad y arrastran deudas constantes, una rebaja en el huevo, el combustible o la electricidad no transforma su realidad. Apenas la vuelve un poco menos pesada.

La verdadera pregunta no es si algo cuesta menos hoy que ayer. La pregunta de fondo es otra: ¿alcanza el salario para vivir con dignidad?

Lo que sí debe evaluarse a un gobierno

Los gobiernos no controlan la lluvia, el petróleo ni el dólar. Pero sí deciden qué tan digno es el empleo que se promueve, si los salarios crecen acorde con el costo de vida, cómo se protege a los hogares más vulnerables y si el crecimiento económico se distribuye o se concentra en unos pocos.

Ahí está la verdadera vara de medición

Reconocer que no todo lo que baja es mérito del gobierno, así como aceptar que no todo lo que sube es culpa directa, es un requisito básico para un debate honesto. Pero no es suficiente. Lo verdaderamente importante es entender que, sin empleo estable y salarios justos, cualquier baja de precios es relativa.

Porque una economía puede mostrar cifras favorables y, aun así, dejar a la mayoría de su gente apenas sobreviviendo.

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