Entre la norma y la práctica: la Constitución en tiempos de prueba.  El país que somos, y el que queremos ser

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Toda Constitución vive en dos planos: el texto y la costumbre. En tiempos de tensión política, la distancia entre ambos revela si somos una república de papel o una república de práctica

LA VOZ DE GOICOECHEA (Por Gerardo A. Pérez Obando (Gapo), columnista). Los juristas lo saben. La supremacía constitucional no es un eslogan. Es un sistema. Significa que ninguna voluntad, por legítima que sea, puede saltarse los límites que protegen los derechos y procedimientos, pero el reto no es solo técnico. Es cultural si tenemos hábitos constitucionales.

Los hábitos constitucionales son la disciplina de argumentar. La paciencia de tramitar. El respeto al debido proceso. Cortesía republicana con las demás Instituciones. Presunción de buena fe. Cumplimiento de deberes. Transparencia y rendición de cuentas, que solo en esta administración, el Poder Ejecutivo se empeñó en llevar a cabo en apego al control ciudadano.

No hay democracia que sobreviva al hábito de la excepción. En el ecosistema institucional cada órgano debe cumplir con su papel responsable y adecuadamente, limitando al otro en beneficio de la ciudadanía.

En tiempos de prueba, el lenguaje es importante. Un decreto sin técnica es un mensaje que dice que no hay método. Una política pública sin evaluación indica que no hay evidencia. Un señalamiento sin fundamento jurídico no es crítico sino intimidación. La Constitución exige un estándar alto en forma, fondo, y respeto. Si el país necesita cambio, la permuta no es enemiga del derecho. Es el mejor aliado. Las reformas constitucionales son posibles, y en ocasiones necesarias.

La clave está en distinguir entre reforma y ruptura. La reforma se discute con rigor, convoca a especialistas, abre el proceso a la ciudadanía respetando los umbrales de la legalidad. La ruptura desprecia la técnica y apela al impulso.

Quizás el mayor desafío de las próximas administraciones es convertir la Constitución en un abecedario práctico para uso cotidiano. Que cualquier autoridad local en las municipalidades la cite, que un ministro de la República la invoque, que los políticos la honren, que estudiosos, investigadores, educadores y comunicadores la estudien y los discípulos la entiendan, que cualquier ciudadano la reclame.

La Constitución vivida es el antídoto frente a la erosión. No hay democracia que sobreviva al hábito de la excepción. La Constitución exige forma, fondo y respeto. Cuando la norma se hace costumbre, la democracia deja de ser promesa y se convierte en hábito.

En tiempos de prueba, el mejor gesto no es el grito, es cumplir la forma que debe proteger el fondo.

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